Cuando la Poesía Te Traiciona Primero: Anatomía de las Cuatro Mentiras que Matan al Arte Real

TL; DR: La poesía miente. Te promete catarsis y te da aislamiento. Te promete voz y te da munición para que te destruyan. Este es un documento forense sobre las cuatro traiciones que atraviesa todo artista real: la poesía misma, el amor como autodestrucción, la escritura como supervivencia, y los impostores que juegan a sangrar sin cortarse.


I. LA GRAN MENTIRA: CUANDO LA POESÍA PROMETE LO QUE NO PUEDE DAR

Jaime Sabines dijo: “Más que una vocación, la poesía es un destino”. Y tenía razón, aunque no de la manera en que la gente interpreta esa frase.

No es destino en el sentido místico. No es lo llamado celestial. Es destino en el sentido médico: predisposición genética. Cableado neurológico. Configuración química del cerebro que te condena a ver el mundo con la piel arrancada.

No es vocación. Es lesión crónica.

Y una vez que entiendes esto, todo lo demás —las promesas de catarsis, las narrativas de sanación, la idea de la poesía como elección noble— se revela como la mentira que siempre fue.

Empecemos por una verdad incómoda que nadie te cuenta cuando empiezas a escribir: la poesía miente.

No sobre el mundo. No sobre las emociones. La poesía miente sobre sí misma.

Te dice: “Escribe tu verdad y serás libre”. Falso. Escribe tu verdad y te convertirás en un objetivo.
Te dice: “Expón tu vulnerabilidad y encontrarás tu tribu”. Mentira. Expón tu vulnerabilidad y aprenderás que la mayoría de la gente prefiere no ver lo que llevas dentro.

La poesía funciona como esas estafas perfectas donde la víctima colabora voluntariamente. Te convence de que abrir tus venas emocionales en público es un acto de valentía, cuando en realidad es simplemente darle munición al mundo para destruirte.

Conocí el momento exacto en que esta mentira se revela. No es gradual. No es sutil. Es como despertar después de una operación y descubrir que te han amputado algo vital.

Imagina tener dieciocho años.
Imagina haber sobrevivido a una madre alcohólica contando sílabas en lugar de botellas.
Imagina haber convertido cada golpe, cada grito, cada noche de terror en versos perfectamente medidos.
Imagina que esos versos son lo único que te ha mantenido cuerdo.

Ahora imagina que alguien los lee en voz alta frente a trescientas personas. Con sarcasmo. Con desprecio. Convirtiendo tu dolor en espectáculo. Transformando tu supervivencia en comedia.

Ese es el momento en que la poesía revela su traición fundamental: no te protege. No te salva. Solo te desnuda para que otros vean exactamente dónde clavarte el cuchillo.

La promesa rota de la catarsis

La poesía te vende catarsis.

“Escribe y sanarás”, dicen los manuales de escritura terapéutica.
“Expresa tu dolor y se irá”, prometen los cursos literarios.

Basura completa.

El dolor no se va porque lo nombres. Se multiplica porque ahora existe en dos lugares: dentro de ti Y en el papel. Ahora hay evidencia. Ahora hay testimonio. Ahora cualquiera puede usarlo contra ti.

Escribí durante años sobre mi madre. Sobre sus borracheras. Sobre el olor a vino barato mezclado con ambientador de pino y caramelos de menta. Sobre cómo aprendí a descifrar niveles de alcohol por cómo arrastraba las palabras.

¿Me sanó? No. Me dio material para que otros supieran exactamente dónde atacar cuando quisieran herirme.

“Así que mamá bebía, ¿no? Por eso eres tan sensible. Por eso eres diferente. Por eso no encajas”.

La catarsis es una mentira que vendemos porque la alternativa es admitir que escribimos por necesidad compulsiva, no por beneficio terapéutico. Escribimos porque no hacerlo sería como dejar de respirar. Pero eso no significa que nos haga bien —ni siquiera que lo hagamos bien.

La ilusión de la tribu

La segunda gran mentira: “Encuentra tu voz y encontrarás tu gente”.

Precioso. Falso.

Encuentra tu voz y encontrarás principalmente silencio. Encuentra tu voz auténtica —no la voz que crees que quieren oír, sino la voz real, la rota, la fea, la que dice verdades incómodas— y descubrirás que la mayoría de la gente prefiere el silencio a la incomodidad.

He visto cómo funciona esto en todos los niveles —incluyendo en los profesionales que ejerzo. En presentaciones literarias donde todos asienten educadamente ante versos mediocres porque señalar la mediocridad sería descortés. En redes sociales donde la poesía que se viraliza es la que confirma lo que ya creemos, no la que nos desafía. En editoriales que buscan “voces auténticas” siempre que esa autenticidad sea comercializable.

La tribu existe. Pero es microscópica. Y encontrarla requiere atravesar océanos de rechazo, incomprensión y silencio.

La mayoría de los poetas —los reales, no los que juegan a serlo— pasan décadas escribiendo para nadie. No porque su obra no merezca lectores. Sino porque la voz genuina es minoritaria por definición. Si todo el mundo pudiera entenderla, no sería genuina. Sería complaciente.

El precio oculto de la sensibilidad

Aquí está la trampa más cruel: desarrollar la sensibilidad necesaria para escribir poesía real te hace inadecuado para casi todo lo demás.

Para escribir bien necesitas sentir profundamente.
Para sentir profundamente necesitas mantener abiertas heridas que otros han aprendido a cerrar.
Para mantener esas heridas abiertas necesitas resistir el impulso natural de endurecerte, de crear callos emocionales, de desarrollar la armadura que hace la vida cotidiana soportable.

El poeta funcional es una contradicción en términos. O eres lo suficientemente sensible para escribir poesía real, y entonces la vida diaria te destroza constantemente. O desarrollas la armadura necesaria para funcionar, y entonces pierdes la sensibilidad que hace posible la poesía auténtica.

No hay término medio. No hay equilibrio. Es una elección binaria disfrazada de espectro continuo.

He pasado décadas intentando ser ambas cosas. Un analista forense preciso durante el día. Un poeta en las sombras durante la noche. El resultado no fue integración. Fue fragmentación.

Dos identidades incompatibles compartiendo el mismo sistema nervioso. Dos programas intentando ejecutarse simultáneamente en el mismo procesador.

Resultado inevitable: fallos del sistema. Congelaciones. Colapsos.

Sabines lo dijo sin anestesia: el poeta es “gente descarnada que va por el mundo sin piel, con la carne viva”. No es metáfora. Es diagnóstico clínico. El poeta vive expuesto porque “las cosas que suceden le afectan más que a otros. No tiene nada que lo cubra, que lo proteja, y entonces, como respuesta a la vida, se le da la poesía”.

Como respuesta. No como elección.

La poesía no es vocación. Es lesión crónica. Es lo que queda cuando no tienes piel que amortigüe el impacto del mundo contra tu sistema nervioso.

Rojas Guardia amplía esto: vivir poéticamente “excede la actividad vocacional de escribir poesía”. No hace falta ser poeta profesional para experimentar ese instante en que la realidad se revela con claridad brutal. Cualquiera puede tener esa súbita clarificación interior. Pero el poeta no puede apagarla. Vive permanentemente en ese estado de atención extrema donde cada instante encierra el verso latente.

Es agotador. Es insostenible. Es incompatible con casi cualquier otra forma de existir.


II. LA AUTODESTRUCCIÓN DISFRAZADA DE AMOR: CUANDO CONVERTIR PERSONAS EN METÁFORAS

El amor y la poesía mantienen una relación tóxica que nadie admite públicamente.

Cuando amas como poeta —cuando has entrenado tu cerebro para convertir toda experiencia en material, toda emoción en verso— dejas de amar personas. Empiezas a amar la idea de las personas. Sus posibilidades narrativas. Su potencial metafórico.

No es consciente. No es deliberado. Es un hábito perceptivo que se forma tras años de procesar el mundo a través del filtro poético.

El síndrome de Pigmalión invertido

Los poetas hacemos lo contrario del mito de Pigmalión. No tallamos estatuas que cobran vida. Tomamos personas vivas y las convertimos en estatuas. En símbolos. En arquetipos.

Conoces a alguien. Sientes conexión. Y tu cerebro de poeta inmediatamente empieza a construir la narrativa. ¿Qué representa esta persona? ¿Qué aspecto mío refleja? ¿Qué vacío llena? ¿Qué verso completa?

No estás conociendo a un ser humano completo, complejo, contradictorio. Estás encontrando un personaje para tu obra. Un motivo recurrente para tu temática. Una musa para tu inspiración.

Y las musas, por definición, no son personas. Son funciones. Existen para inspirar, no para ser amadas en su totalidad real, imperfecta, decepcionante.

He cometido este error repetidamente. Cada relación sigue el mismo patrón destructivo:

Fase 1: Idealización

La veo. Algún detalle —la forma en que el sol atraviesa su pelo, la cadencia específica de su risa, el gesto inconsciente cuando está pensando— activa algo en mi cerebro de poeta. Inmediatamente, construyo la narrativa completa. Ella es X. Yo soy Y. Juntos crearemos Z.

Fase 2: Documentación

Cada encuentro se convierte en material. Cada conversación es potencialmente un diálogo para el poema futuro. Cada momento íntimo es observado con esa parte de mí que nunca deja de tomar notas mentales.

No estoy presente. Estoy documentando. No estoy viviendo. Estoy archivando para uso posterior.

Fase 3: Decepción inevitable

Ella resulta ser humana. Tiene características que no encajan en la narrativa que construí. Hace cosas que la musa ideal nunca haría. Se revela como persona tridimensional en lugar de símbolo bidimensional.

Y yo, en lugar de celebrar esa complejidad, la experimento como traición. Como si ella hubiera roto un contrato que nunca firmó.

Fase 4: El poema póstumo

La relación termina. Y entonces, solo entonces, escribo el poema perfecto sobre ella. Sobre lo que fue. Sobre lo que pudo haber sido. Sobre la versión idealizada que existió solo en mi cabeza.

El poema es hermoso. Es auténtico en su manera. Es completamente deshonesto.

Porque no es sobre ella. Es sobre mi idea de ella. Sobre mi necesidad de convertir el fracaso en arte. Sobre mi incapacidad para amar sin convertir en metáfora.

El vampirismo emocional del poeta

Aquí está la verdad brutal que ningún manual de escritura menciona: los poetas somos vampiros emocionales —así me llama Laura, sin saber siquiera que he vuelto a escribir.

No de manera consciente. No con maldad. Pero funcionalmente, operamos como parásitos emocionales. Nos alimentamos de las experiencias, tanto propias como ajenas, y las convertimos en combustible para la obra.

Una ruptura dolorosa no es solo una ruptura. Es material.
Una traición no es solo traición. Es un poema potencial.
Una muerte no es solo pérdida. Es inspiración.

Y esto corrompe absolutamente nuestra capacidad para experimentar las cosas por sí mismas. Todo pasa por el filtro de “¿esto sirve para la obra?”. Todo se evalúa por su potencial transformativo en arte.

He estado en el funeral de seres queridos tomando notas mentales sobre cómo la luz entraba por las ventanas —y sí, también sobre las lágrimas falsas de unos mientras otros susurran. He estado en momentos de intimidad profunda preguntándome cómo describiría esto posteriormente. He transformado cada tragedia en borrador.

No porque sea un monstruo sin sentimientos —aunque en ocasiones me lo hayan dicho. Sino porque he entrenado mi cerebro durante décadas para procesar toda experiencia como material potencial. Es un hábito que no se puede desactivar con un interruptor.

La falacia del dolor como profundidad

Los poetas desarrollamos una relación perversa con el sufrimiento.

Aprendemos, consciente o inconscientemente, que el dolor produce mejor poesía que la felicidad. Que la tragedia es más “profunda” que la alegría. Que el artista verdadero debe sufrir.

Entonces empezamos a buscar el dolor. A cultivarlo. A mantener abiertas heridas que podrían sanar porque cerrarlas significaría perder material.

No es dramático. No es un acto consciente de autosabotaje. Es más sutil.

Es quedarse en relaciones tóxicas porque “hay algo poético en el dolor compartido”. Es rechazar la terapia convencional porque “no quiero perder mi sensibilidad”. Es abrazar la medicación como única forma de funcionar, contando los segundos hasta la siguiente dosis porque “las mejores obras nacen de la disfunción” —sin ella el mundo se vuelve insoportablemente nítido.

Es convertir la enfermedad en identidad. El trauma en marca personal. La fragmentación en estilo literario.

Y justificamos esta autodestrucción citando a los grandes: Pizarnik, Plath, Bukowski, Cernuda. Todos sufrieron. Todos produjeron obras maestras. Ergo, el sufrimiento es necesario para la grandeza.

Lógica falaz. Correlación no implica causalidad.

Ellos crearon a pesar del sufrimiento, no gracias a él. Su genio habría florecido aún más en condiciones de mayor estabilidad. Pero idealizamos su dolor porque es más fácil que admitir que el arte no requiere autodestrucción. Requiere trabajo.

Aunque espera. Detente un segundo antes de aceptar esa frase reconfortante.

Porque la ciencia tiene algo que decir al respecto. Y no es reconfortante en absoluto.

Kay Jamison estudió escritores creativos destacados. Encontró que casi el 40% padecía trastorno bipolar. Cuarenta por ciento. Compara eso con el 1% en la población general.

Otro estudio con alumnos de taller literario: 80% había sufrido depresión o manía. Ochenta por ciento. Frente al 30% de la población general.

No son casos aislados. Es correlación estadística.

¿Significa esto que el dolor causa el arte? No. Correlación no es causalidad. Pizarnik, Plath, Bukowski habrían sido genios con o sin su enfermedad mental. Quizás habrían sido mejores, más productivos, más longevos sin ella.

Pero la correlación existe. Y negarla es tan deshonesto como romantizarla.

La verdad incómoda: ciertos cerebros pagan un precio neurológico por ver el mundo sin filtros. La sensibilidad extrema que produce poesía auténtica viene frecuentemente acompañada de desequilibrios químicos. No siempre. Pero lo suficientemente a menudo como para que aparezca en los estudios clínicos.

El dolor no crea talento. Pero en algunos cerebros, el cableado que produce sensibilidad extrema es el mismo que produce inestabilidad extrema.

No es justo. No es poético. Es simplemente bioquímica.

Y reconocerlo no es romantizar el sufrimiento. Es documentar el precio real que ciertos sistemas nerviosos pagan por funcionar de esta manera.

El dolor puede ser material. Pero el dolor como estilo de vida es simplemente enfermedad sin tratar disfrazada de vocación artística.


III. ESCRIBE O PÚDRETE: LA ESCRITURA COMO SUPERVIVENCIA, NO COMO ELECCIÓN

Existe una diferencia fundamental entre escribir porque quieres y escribir porque la alternativa es desintegrarte.

La mayoría de la gente que escribe lo hace por elección. Disfrutan del proceso. Les gusta ver sus pensamientos ordenados en papel. Encuentran satisfacción en la artesanía del lenguaje.

Luego están los que escribimos por necesidad. Para quienes escribir no es un hobby o una vocación. Es un proceso metabólico. Como respirar. Como comer.

Si no escribo, me pudro. Literalmente. Desde dentro.

La escritura como sistema de evacuación

Pienso en la escritura como un sistema de evacuación de residuos tóxicos.

Mi cerebro genera constantemente subproductos del proceso de vivir. Pensamientos obsesivos. Emociones no procesadas. Memorias que se reproducen en bucle. Ansiedad que se alimenta de sí misma.

Si estos subproductos se acumulan sin salida, envenenan todo el sistema. Como una ciudad sin alcantarillado. Todo se contamina. Todo se pudre.

La escritura es mi sistema de alcantarillado emocional. No es bonito. No es romántico. Es funcional. Es necesario. Es la diferencia entre funcionar y colapsar.

Eva Vaz lo dijo sin filtros: “Mi poesía es una herida abierta”. Habla de sangre venenosa, de enfermedad que acompaña toda la vida del poeta. La poesía como “psicoterapia de andar por casa” que exhibe la carne expuesta sin cerrar nada.

Berna Blanch: “La poesía es una herida en nosotros, una herida provocada por la belleza o por el sentimiento”. No consuelo. Lesión inherente.

Alberto Avendaño: “La poesía es una herida que intentamos cicatrizar, pero en vez de eso la abrimos más”. Cada poema reaviva la lesión original. Aquella herida se abrió con el despertar de la conciencia y el uso del lenguaje, y el poeta, al nombrarla, la agrava en el intento de sanarla.

Todos dicen lo mismo con palabras diferentes. La poesía no es el vendaje. Es la herida. Y escribir no la cierra. La documenta. La mantiene viva. La convierte en testimonio.

No escribo para sanar. Escribo para no pudrirme mientras la herida supura.

He pasado períodos sin escribir. Semanas. Meses. Años. Lustros completos.

El patrón es predecible:

Semana 1-2: Incomodidad leve. Sensación de presión creciente. Como una vejiga llena pero que se puede ignorar.

Semana 3-4: Ansiedad aumenta. Pensamientos se vuelven más obsesivos. Duermo peor. La presión se vuelve dolor sordo constante.

Mes 2: Irritabilidad extrema. Incapacidad para concentrarse. Los pensamientos no procesados se convierten en ruido constante. Es como tener cincuenta pestañas —de un navegador cualquiera— abiertas en el cerebro, todas demandando atención simultáneamente, consumiendo memoria.

Mes 3: Desintegración observable. Ataques de pánico. Disociación. La realidad se vuelve menos sólida. Los bordes entre yo y el mundo se difuminan.

La única solución: escribir. Vaciar. Evacuar.

No importa la calidad. No importa si alguien lo lee. Importa solo el acto físico de transferir el contenido tóxico de mi cerebro al papel.

La paradoja del bisturí

Aquí está la cruel paradoja: la escritura me salva y me destruye simultáneamente.

Me salva porque me permite procesar. Me da estructura al caos. Da forma narrativa a lo amorfo. Me permite tomar distancia de mis propias experiencias y examinarlas con algo parecido a la objetividad.

Pero me destruye porque me obliga a mantener las heridas abiertas. No puedo escribir honestamente sobre algo que he superado completamente. La escritura requiere acceso directo a la herida. Y mantener acceso directo significa no permitir que cicatrice.

Es como un cirujano que se opera a sí mismo. El bisturí que me cura es el mismo que me corta. Y no puedo usar uno sin el otro.

He intentado la alternativa. He intentado sanar completamente de ciertos traumas, cerrar ciertas heridas, superar ciertos dolores.

Y cada vez que lo logro, pierdo acceso. Ya no puedo escribir sobre ello con la misma intensidad. Ya no tengo la conexión visceral necesaria para que las palabras sangren.

Entonces me encuentro eligiendo: ¿salud mental o arte auténtico? ¿Estabilidad o verdad? ¿Cerrar la herida o mantener el acceso?

La respuesta correcta, obviamente, es salud. Pero la respuesta que elijo repetidamente es el arte.

Porque sin el arte, ¿quién soy? ¿Qué me queda? ¿Solo un conjunto de traumas superados sin ningún propósito redentor?

El mito del escritor bloqueado

No creo en el bloqueo del escritor. No para los que escribimos por necesidad.

Creo en el agotamiento. Creo en la autoprotección. Creo en que el sistema a veces se apaga porque procesar más experiencias sería letal.

Pero no creo que un escritor verdadero —uno que escribe por supervivencia, no por gusto— pueda bloquearse indefinidamente.

Porque no es un bloqueo. Es una presión que aumenta hasta que encuentra salida. Como el agua tras un dique. Puede contenerse temporalmente. Nunca permanentemente.

El silencio forzado no elimina la necesidad. Solo la reprime. Y lo reprimido siempre encuentra formas de emerger. A veces en palabras. A veces en síntomas. A veces en colapsos.

He estado años sin escribir poesía. Sin permitirme escribir poesía.

¿Dejé de ser poeta? No. Los versos seguían formándose en mi cabeza. Los conté obsesivamente. Los memoricé. Los recité en silencio.

La necesidad nunca desapareció. Solo la expresé de forma diferente. En análisis técnicos que leídos correctamente eran poemas cifrados. En correos electrónicos estructurados con ritmo interno. En informes forenses que escondían metáforas entre los datos.

No puedes matar al poeta sin matar al humano. Solo puedes silenciarlo. Y el poeta silenciado sigue existiendo, susurrando bajo todas las demás voces que construyes para taparlo.


IV. LOS IMPOSTORES: CUANDO EL DOLOR SE VUELVE ESTÉTICA SIN SUSTANCIA

Vivimos en la era de la autenticidad representada.

Todo el mundo está “siendo vulnerable” en redes sociales.
Todo el mundo comparte su “viaje de sanación”.
Todo el mundo documenta su “trabajo interior”.

Y la mayoría es teatro.

No necesariamente mentira consciente. Pero sí actuación. Representación del dolor sin el dolor real. Simulación de profundidad sin descenso verdadero.

La industrialización del trauma

El trauma se ha convertido en moneda de cambio. En capital cultural. En marca personal.

“Sobreviví a X y ahora ayudo a otros a sobrevivir a X también”.

El patrón es ubicuo. Y no todo es falso. Hay gente que genuinamente sobrevivió, sanó, y ahora ayuda. Respeto profundo para ellos.

Pero luego están los que han aprendido el lenguaje del trauma sin haber vivido realmente la experiencia. Los que pueden hablar sobre “sanación” sin haber estado verdaderamente rotos. Los que entienden que el dolor vende, que la vulnerabilidad atrae, que la gente responde a la autenticidad aparente.

Entonces fabrican versiones comercializables de experiencias que nunca tuvieron. O magnifican molestias normales hasta convertirlas en traumas dignos de documentación.

No es que sus vidas sean perfectas. Nadie tiene vida perfecta. Pero hay una diferencia cualitativa entre las dificultades normales de existir y el tipo de trauma que realmente fragmenta.

Y esa diferencia se nota. No necesariamente a simple vista. Pero se nota en la textura del lenguaje. En la especificidad de los detalles. En la forma en que hablan del dolor: como turistas o como residentes.

Los signos reveladores del impostor

¿Cómo distinguir al artista real del que juega a serlo?

1. La relación con la atención

El artista real escribe aunque nadie lea. El impostor necesita público. El artista real publica con terror. El impostor con estrategia de marketing.

No es que el artista real no quiera lectores. Los quiere. Pero puede funcionar sin ellos. El impostor no puede. Necesita la validación externa porque no está escribiendo desde necesidad interna.

2. La especificidad del detalle

El artista real recuerda detalles extraños, irrelevantes, específicos. El color exacto de la luz. El olor particular del lugar. La textura de la superficie. Detalles que solo importan a quien realmente estuvo allí.

El impostor trabaja en generalidades. En arquetipos. En detalles que “deberían” estar presentes en tal situación, no en los que realmente estaban.

3. La incomodidad del proceso

El artista real escribe con resistencia. Cada sesión es una batalla. Duele extraer las palabras. El impostor fluye fácilmente porque no está tocando nada real.

No es que el artista real no pueda tener momentos de flujo. Los tiene. Pero la mayoría del tiempo es lucha. La mayoría del tiempo es resistencia. La mayoría del tiempo es “prefiero hacer cualquier otra cosa menos enfrentarme a esta página”.

4. La evolución del dolor

El artista real procesa. Su relación con el trauma cambia con los años. Se vuelve más compleja, más matizada, menos cierta.

El impostor mantiene la narrativa estable. Su versión del trauma no evoluciona porque es una construcción, no una memoria. Y las construcciones son más estables que las experiencias vividas.

5. La disposición a lo feo

El artista real muestra lo feo. Lo vergonzoso. Lo que lo hace quedar mal. Lo que preferiría ocultar.

El impostor muestra “vulnerabilidad controlada”. Comparte dolor que lo presenta bajo una luz favorable. “Mírame siendo valiente al compartir esto”. Nunca comparte lo que genuinamente lo avergüenza.

El problema no es el impostor individual

El problema real no son los impostores individuales. Son las estructuras que los recompensan.

Plataformas que premian la viralidad sobre la verdad. Algoritmos que favorecen lo fácilmente consumible sobre lo genuinamente complejo. Audiencias que prefieren la inspiración rápida sobre la incomodidad prolongada.

En este ecosistema, el impostor tiene ventaja. Su producto es más limpio. Más comercializable. Más fácil de digerir.

El artista real produce trabajo incómodo. Que no se comparte fácilmente. Que no tiene moraleja clara. Que deja al lector perturbado más que inspirado.

Y en el mercado de la atención, la perturbación vende menos que la inspiración.

Entonces los impostores proliferan. No por maldad. Sino porque el sistema los selecciona positivamente. Y margina al artista real al espacio cada vez más reducido de la literatura seria, la poesía de pequeñas editoriales, el arte que existe fuera de los circuitos de validación masiva.


V. LA INTERSECCIÓN MORTAL: CUANDO LAS CUATRO TRAICIONES SE ENCUENTRAN

Las cuatro traiciones no operan aisladamente. Se entrelazan. Se refuerzan. Crean un sistema cerrado de autodestrucción.

La poesía te traiciona prometiendo catarsis. Entonces buscas el amor esperando encontrar lo que la poesía no te dio. Pero amas como poeta, convirtiendo personas en metáforas. La relación fracasa. Escribes sobre el fracaso porque es la única forma de no pudrirte. Y los impostores ven tu dolor genuino, aprenden el lenguaje, lo replican sin sustancia.

El ciclo se repite. Se profundiza.

Mi propio caso de estudio

Dejé de escribir poesía a los dieciocho. Grité “No soy poeta” y lo creí.

Sobreviví años, fragmentado. Analista forense por el día. Poeta muerto por la noche.

Entonces algo se rompió. O quizás se recompuso. La línea es difusa.

Empecé a escribir de nuevo. Primero con químicos. Las pastillas abrían las compuertas que había soldado cerradas.

Los versos fluían. Perfectos. Como si hubieran estado esperando todo ese tiempo, completamente formados.

Pero había trampa. Los versos necesitaban la química. Sin ella, silencio. Con ella, palabras pero también fragmentación progresiva.

Tuve que elegir. Otra vez. Como a los dieciocho.

Poesía o funcionalidad. Voz o estabilidad. Verdad o supervivencia.

Esta vez elegí de manera diferente. No renuncié a ninguna de las dos. Intento vivir con ambas. Poesía y química. Voz y pastillas.

Los versos siguen necesitando ayuda para salir. La química sigue abriendo compuertas. Pero ahora lo admito. Ya no finjo que puedo ser poeta sin ella. Ya no miento sobre el precio.

¿Es mejor? No lo sé. Es más honesto. Más real. Más sostenible.

¿Es suficiente? Tampoco lo sé.

Lo que sé: no puedo seguir matando partes de mí para funcionar. No puedo seguir fragmentándome. No puedo seguir eligiendo entre el poeta y el humano.

Tengo que encontrar forma de ser ambos. O ninguno. Pero no puedo seguir siendo mitad cada uno.


CONCLUSIÓN: NO HAY CONCLUSIÓN

Este artículo no tiene moraleja. No tiene lección que aprender. No tiene cinco pasos para integrar tu ‘yo’ poético con tu ‘yo’ funcional.

Porque no sé si es posible. No sé si alguien lo ha logrado realmente. No sé si la poesía verdadera y la vida funcional son compatibles.

Lo que sé:

La poesía traiciona a quienes la practican honestamente.

El amor se vuelve autodestrucción cuando lo vives como material.

La escritura es supervivencia, no elección, para ciertos cerebros.

Los impostores prosperan mientras los reales sangran en silencio.

Y aun sabiendo todo esto, sigo escribiendo. Porque la alternativa es pudrirme vivo.

Esto no pretende inspirar. No es alentador. No es útil en ningún sentido práctico.

Es simplemente verdad. O mi versión de ella. Desde dentro de las heridas que mantengo abiertas para poder seguir escribiendo sobre ellas.

Si esto te incomoda, bien. Eso es lo que busco.

Si duele leerlo, mejor. Significa que no eres impostor.

Si quieres dejas de leer a la mitad, lo entiendo. No todos pueden sostener la mirada sobre estas verdades.

Pero si llegas hasta aquí, si te resistes, si reconoces tus propias heridas en las mías, entonces quizás no estés solo en esta fragmentación.

Quizás seamos muchos. Los que escribimos porque no hacerlo sería muerte lenta. Los que amamos mientras convertimos personas en versos, destruyéndolas en el proceso. Los que mantenemos heridas abiertas como oficio.

Quizás esa sea tribu suficiente.

No la que prometió la poesía. Pero la única real.


NOTA FINAL

No he escrito esto para consolarte. Lo he escrito porque necesitaba sacarlo, porque el silencio mata.

Si te sirve, úsalo. Si te destroza, lo siento y no lo siento.

La verdad no está obligada a ser amable.

Y la poesía real nunca lo fue.

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