La Crueldad de lo Posible: Cuando la Ficción se Niega a Mentir


TL;DR: Este artículo desgarra la mentira más cómoda de la ficción moderna: la promesa de que siempre hay una salida, un milagro, una solución brillante esperando en el último acto. Exploro porqué las mejores historias son aquellas que nos obligan a mirar directamente al abismo de lo cotidiano, donde no existen los héroes convenientes ni los finales que nos permiten dormir tranquilos. Es un grito contra la deshonestidad brutal en la narrativa, donde cada página es un espejo que refleja la verdad más incómoda: que la vida no tiene guion, y que esa ausencia de lógica narrativa es precisamente lo que la hace tan jodidamente hermosa y terrible.

No vengáis aquí buscando héroes. Aquí no los hay.

Estoy hasta los cojones de abrir un libro, encender una serie, sentarme en un cine y que me vendan la misma puta mentira disfrazada de mil formas distintas. La mentira del salvador de última hora. La mentira del amor que todo lo cura. La mentira de que siempre, siempre, hay una salida limpia y brillante esperando al final del túnel.

Gilipollez pura.

La vida no funciona así. Y vosotros, cabrones, lo sabéis perfectamente. Sabéis que vuestro matrimonio se pudre por dentro mientras sonreís en las fotos de Instagram. Sabéis que vuestro trabajo es una puta farsa que os está matando lentamente. Sabéis que vuestros hijos van a heredar un mundo más jodido del que vosotros heredasteis.

Pero preferís la morfina narrativa.

Preferís que os cuenten que al final todo cobra sentido, que los buenos ganan, que la justicia llega, que el amor verdadero existe. Preferís la anestesia de la ficción consoladora a la cirugía sin sedación de la verdad.

Y por eso merecéis que os mientan.

El Veneno Dulce de Vuestra Cobardía

Charles Bukowski escribía borracho en un apartamento de mierda de Los Ángeles mientras vosotros leéis sus libros desde vuestros sofás cómodos, sintiéndoos sesudos por “entender” la desesperación sin haberla vivido nunca. Sus personajes se mueren de cirrosis y vosotros cerráis el libro y os servís una copa de vino pensando que sois bohemios.

¿Habéis estado alguna vez tan jodidos que no podíais permitiros el lujo de la desesperanza filosófica?

¿Habéis estado alguna vez tan hundidos que habríais pagado por una mentira consoladora porque la verdad se ha vuelto insoportable? ¿Habéis mirado alguna vez a vuestros hijos sabiendo que no podéis protegerlos de lo que viene?

No. Porque si lo hubierais hecho, no estaríais leyendo esto buscando entretenimiento intelectual.

Estaríais trabajando en el Mercadona, o cuidando a vuestra madre con demencia, o intentando que vuestro matrimonio aguante un día más porque el divorcio os arruinaría económicamente.

La Pornografía de la Esperanza que Consumís

Habéis convertido la esperanza en pornografía. La consumís compulsivamente, sin discriminación, sin cuestionaros su autenticidad. Queréis el subidón inmediato de la resolución feliz, el orgasmo emocional del “todo va a salir bien”.

Netflix lo sabe. Amazon lo sabe. Disney lo sabe.

Por eso os dan series donde al final los buenos ganan, las familias se reconcilian, los traumas se curan con una conversación sincera, y los problemas sistemáticos se resuelven con gestos individuales de bondad.

Y vosotros pagáis religiosamente vuestra suscripción mensual.

Pagáis para que os mientan profesionalmente. Pagáis para que conviertan vuestra ansiedad existencial en entretenimiento digerible. Pagáis para que os vendan la ilusión de que vuestras vidas insignificantes forman parte de una narrativa mayor que tiene sentido.

Roberto Bolaño sabía que erais así.

Sus personajes vagan por paisajes desolados buscando algo que nunca encuentran, y vosotros leéis “Los detectives salvajes” como si fuera una aventura literaria, no el retrato despiadado de vuestra propia deriva sin propósito. Sus poetas no salvan a nadie, ni siquiera se salvan a sí mismos, pero vosotros cerráis el libro sintiéndoos cultivados por haber “experimentado” la literatura latinoamericana.

Os apropiáis del dolor ajeno como experiencia estética.

La Masturbación Intelectual de Vuestra Desesperanza

¿Creéis que entendéis a Celine porque habéis leído “Viaje al fin de la noche”? El cabrón francés escribía desde las trincheras, desde los hospitales infectos, desde el racismo visceral que le carcomía por dentro. Vosotros leéis su misantropía desde la comodidad de vuestra superioridad moral, sintiéndoos sofisticados por apreciar la literatura “difícil”.

¿Habéis odiado alguna vez tanto como Celine odiaba?

¿Habéis sentido alguna vez ese desprecio animal por la humanidad que surge cuando la vida te ha jodido tanto que ya no puedes fingir que crees en nada? ¿O vuestra desesperanza es de diseño, cuidadosamente cultivada para que encaje con vuestra imagen de intelectuales sofisticados?

Primo Levi escribió sobre Auschwitz sin convertirlo en lección moral.

Escribió sobre la supervivencia como lo que es: casualidad, suerte ciega, y la capacidad animal de aguantar un día más. Pero vosotros leéis sus libros como si fueran tratados sobre la dignidad humana, como si el Holocausto fuera una metáfora sobre la capacidad de resistencia del espíritu.

Le estáis meando encima a los muertos.

Estáis convirtiendo el genocidio en material para vuestra educación sentimental. Estáis usando el sufrimiento extremo como combustible para vuestras reflexiones sobre la condición humana.

Vuestra España De Cartón Piedra

Aquí en España también sabemos de nuestra propia hipocresía, coño. Leéis a Luis Martín-Santos como si fuera patrimonio cultural, no la radiografía despiadada de un país que sigue siendo básicamente el mismo: un lugar donde los intelectuales se asfixian en su propia impotencia mientras la pobreza se reproduce generacionalmente.

¿Conocéis a alguna familia que malviven mientras sus hijos destacan académicamente?

Claro que sí. Pero preferís leer sobre ello en novelas que experimentarlo como realidad social que podríais cambiar si dejarais de consumir literatura como entretenimiento y empezarais a usarla como herramienta de análisis.

Juan Benet construyó Región como laberinto mental donde sus personajes se pierden.

Vosotros leéis sus novelas como ejercicios estilísticos, no como descripción exacta de vuestro propio estado mental: perdidos en laberintos temporales que no llevan a ninguna parte, incapaces de encontrar sentido lineal en vuestra propia experiencia, pero demasiado cobardes para admitirlo.

Rafael Sánchez Ferlosio describió el río Jarama como espejo de una España que se divierte mientras se pudre.

Y vosotros seguís siendo esos domingueros que van al río para huir de sus vidas miserables, pero se llevan la miseria consigo. Solo que ahora vuestro río es Netflix, vuestro pícnic son los libros de autoayuda, y vuestra manera de huir de la realidad es consumir arte que os haga sentir cultivados sin pediros que cambiéis nada.

La Complicidad de Vuestra Demanda

Los escritores mienten porque vosotros pagáis por las mentiras. Los editores publican esperanza sintética porque vosotros la compráis. Los guionistas escriben finales felices porque vosotros los consumís masivamente.

Sois cómplices de vuestra propia estafa.

Cada vez que compráis un bestseller que promete revelaros el secreto de la vida, cada vez que vais a ver una película que os garantiza que saldréis sintiéndoos mejor, cada vez que elegís el entretenimiento que os confirma vuestros prejuicios en lugar del arte que os los cuestiona, estáis votando por la mentira.

Y después tenéis la cara de quejaros de que vivimos en la era de la posverdad.

¿Pero qué esperabais? Habéis creado una demanda masiva de ficciones consoladoras, y el mercado os ha dado exactamente lo que pedíais: realidades alternativas donde vuestros problemas tienen solución, donde vuestros traumas se curan, donde vuestras vidas adquieren significado.

La Honestidad que No Podéis Soportar

Javier Marías escribió sobre la imposibilidad de conocer realmente a otra persona. Pero vosotros no podéis ni conoceros a vosotros mismos. Vivís construyendo ficciones sobre quiénes sois que se desmoronan cada vez que os miráis al espejo sin filtros de Instagram.

¿Cuándo fue la última vez que os visteis realmente?

No la versión editada que mostráis en redes sociales. No la versión aspiracional que vendéis en el trabajo. No la versión idealizada que os contáis a vosotros mismos. La versión real: mediocre, asustada, perdida, desesperada porque alguien os diga que vuestras vidas tienen sentido.

Enrique Vila-Matas escribió sobre escritores fracasados que buscan la literatura verdadera en los lugares equivocados.

Vosotros sois esos escritores fracasados, solo que vuestra literatura es vuestra propia vida, y la estáis buscando en los lugares equivocados: en los libros que leéis, en las series que veis, en las experiencias que consumís, en lugar de en las decisiones que tomáis cada día.

La Crueldad Que Merecéis

¿Queréis honestidad brutal? Aquí tenéis:

Vuestros hijos van a vivir en un mundo jodido por vuestro consumismo. Vuestros matrimonios van a fracasar porque habéis aprendido a amar de las películas románticas. Vuestros trabajos van a ser automatizados porque habéis preferido el entretenimiento a la educación real. Vuestras jubilaciones van a ser una miseria porque habéis gastado el dinero en experiencias que os hacían “sentir vivos” en lugar de construir algo duradero.

Y cuando todo eso pase, seguiréis buscando explicaciones consoladoras.

Seguiréis leyendo libros de autoayuda que os prometan que podéis cambiar vuestra vida con la actitud correcta. Seguiréis viendo documentales sobre minimalismo mientras acumuláis objetos inútiles. Seguiréis consumiendo contenido sobre mindfulness mientras vivís en piloto automático.

Porque la alternativa —aceptar que sois los responsables de vuestra propia mediocridad— es demasiado dolorosa.

La Estética de Vuestra Putrefacción

Existe una belleza terrible en vuestras vidas rotas. En vuestros matrimonios que se pudren lentamente. En vuestros trabajos que os matan el alma. En vuestros hijos que ya os desprecian aunque todavía no lo sepan.

Pero no queréis ver esa belleza.

Queréis que os cuenten que vuestras grietas son lugares por donde entra la luz. Queréis que os expliquen que vuestras heridas os hacen más sabios. Queréis que conviertan vuestra mediocridad en viaje del héroe.

Carmen Laforet escribió “Nada” como título perfecto para vuestras vidas. Vivís sin propósito claro, sin grandes pasiones, sin acontecimientos dramáticos que justifiquen vuestra existencia. Pero en lugar de aceptar esa nada como condición humana universal, buscáis desesperadamente formas de llenarla con significado artificial.

Ana María Matute escribió sobre la crueldad de la infancia, pero vosotros seguís siendo crueles de adultos.

Crueles con vuestros hijos cuando les vendéis mentiras sobre que pueden ser lo que quieran ser. Crueles con vuestras parejas cuando fingís un amor que no sentís. Crueles con vosotros mismos cuando os negáis a ver lo que realmente sois.

El Silencio Que No Soportáis

Las mejores historias terminan en silencio. Sin respuestas, sin resolución, sin promesas de que todo va a ir bien. Pero vosotros no soportáis el silencio. Necesitáis ruido constante: música, televisión, podcasts, redes sociales, cualquier cosa que os impida escuchar el sonido de vuestra propia respiración.

Porque en el silencio se oye la verdad.

Se oye que no sois especiales. Se oye que vuestros problemas no son únicos. Se oye que vuestras vidas son tan insignificantes como las de cualquier otro. Se oye que vais a morir habiendo cambiado muy poco en el mundo.

Y esa verdad os resulta insoportable.

Por eso necesitáis que os cuenten historias donde los protagonistas sí son especiales, donde sus problemas sí tienen solución, donde sus vidas sí tienen sentido.

La Revolución Que Nunca Haréis

En un mundo adicto a las mentiras consoladoras, decir la verdad se vuelve un acto revolucionario. Pero vosotros no sois revolucionarios. Sois consumidores. Consumidores de entretenimiento, de experiencias, de significado prefabricado.

Preferís la comodidad de la opresión a la incomodidad de la libertad.

Preferís que os digan lo que tenéis que sentir, lo que tenéis que pensar, lo que tenéis que esperar de la vida. Preferís vivir en la jaula dorada de las expectativas sociales a enfrentaros al terror de la libertad absoluta.

Michel Houellebecq os retrata perfectamente: seres humanos convertidos en consumidores de experiencias sexuales, culturales, turísticas, sin conexión real con nada ni con nadie. Pero leéis sus novelas como si fueran sátira social, no como descripción exacta de vuestras propias vidas.

Elena Ferrante escribió sobre mujeres que luchan contra la mediocridad, y vosotras, lectoras, os sentís identificadas sin daros cuenta de que seguís siendo exactamente tan mediocres como antes de leerla.

La Verdad Final Que Os Va a Doler

No vais a cambiar después de leer esto. Vais a sentiros momentáneamente incómodos, quizás incluso ofendidos —no pediré perdón—, y después vais a seguir haciendo exactamente lo mismo que hacíais antes. Porque cambiar requiere esfuerzo, y vosotros estáis demasiado cómodos en vuestra mediocridad para hacer ese esfuerzo.

Vais a seguir comprando mentiras consoladoras.

Vais a seguir eligiendo entretenimiento sobre arte. Vais a seguir prefiriendo la morfina narrativa a la honestidad brutal. Vais a seguir siendo exactamente lo que sois: adictos a las ilusiones, cómplices de vuestra propia estafa, responsables de un mundo cultural que os vende exactamente la mierda que pedís.

Y cuando vuestras vidas se desmoronen —porque se van a desmoronar— vais a seguir buscando explicaciones que no os hagan responsables.

Vais a culpar al sistema, a los políticos, a la mala suerte, a cualquier cosa excepto a vosotros mismos y a vuestras decisiones sistemáticas de elegir la mentira cómoda sobre la verdad incómoda.

Porque la verdad es que no tenéis cojones para la verdad.

No tenéis cojones para admitir que sois mediocres. No tenéis cojones para reconocer que vuestras vidas carecen de sentido inherente. No tenéis cojones para aceptar que sois tan frágiles, tan necesitados de ilusiones, tan humanos como cualquier otro.

Y por eso merecéis exactamente la cultura que tenéis.

Una cultura que os miente profesionalmente porque vosotros pagáis profesionalmente por las mentiras. Una cultura que os vende esperanza sintética porque vosotros la compráis como si fuera heroína. Una cultura que convierte vuestro dolor en entretenimiento porque vosotros preferís consumir sufrimiento ajeno a procesar el vuestro propio.

No os voy a decir que todo va a salir bien.

No os voy a prometer que cambiaréis.

No os voy a dar esperanza.

Porque no la merecéis. Porque no la vais a usar. Porque preferís la desesperanza cómoda a la esperanza que requiere trabajo.

Lo único que os voy a dar es esto: la oportunidad de miraros al espejo sin filtros.

Probablemente no la aprovechéis. Probablemente, cerréis esta ventana y sigáis navegando hacia contenido más digerible. Probablemente, este artículo se convierta en una anécdota que contáis en cenas para demostrar que leéis cosas “profundas” —o burdas según quién lo diga.

Pero al menos, por un momento, habéis visto la verdad.

La verdad de que sois exactamente tan patéticos como creéis que son los demás. La verdad de que vuestra superioridad intelectual es tan artificial como la esperanza que despreciáis. La verdad de que no sois especiales, ni únicos, ni particularmente interesantes.

Sois humanos.

Mediocres, asustados, perdidos, desesperados por significado, adictos a las mentiras que os hacen sentir mejor.

Y eso es todo lo que necesitáis saber.

 

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