La Putrefacción de las Palabras Prestadas: Crónica de un Escritor que Vendió su Alma al Vacío
Un descenso al infierno de escribir para otros en lugar de para uno mismo. La confesión de un autor que descubre que su obra “publicada” más reciente no es suya, sino un cadáver vestido con ropajes ajenos.
He escrito basura. Y lo peor no es eso. Lo peor es que lo sé.
Mientras tecleaba cada maldita palabra, mientras construía cada frase con la precisión de un relojero y la falsedad de un político, una parte de mí gritaba. Gritaba como un animal herido en una trampa. Pero seguí escribiendo.
“Cazador de Sueños Rotos”. Incluso el título me da arcadas ahora.
¿Sabéis lo que es escribir algo que no es vuestro? Es masturbarse pensando en otra persona mientras vuestra pareja os mira. Esa sensación pegajosa, esa vergüenza que se adhiere a la piel y no se va con duchas. Traición en estado puro. Traición a vosotros mismos, a vuestra voz, a esa cosa salvaje que llevamos dentro y que suplica que la dejemos salir.
Pero no. Decidí domesticarla. Ponerle collar y enseñarle trucos para que aplaudiera el público.
El Arrepentimiento (O Cuando Tu Voz Auténtica Te Escupe a la Cara)
Mi voz auténtica no tiene piedad: ¡Cobarde! ¡Puto cobarde! ¿Creías que no me iba a dar cuenta?
Porque yo lo sabía. Lo sabía mientras pulsaba cada tecla, mientras construía cada frase calculada. Una parte de mí gritaba mientras la otra escribía. Y elegí ignorar los gritos. Elegí la traición conscientemente.
¿Habéis sentido alguna vez náuseas al leer vuestra propia obra? Yo sí. No es metáfora. Náuseas físicas, reales, viscerales. Como si hubiera estado comiendo algo podrido durante semanas sin darme cuenta.
Cada palabra calculada. Cada emoción, medida. Cada giro narrativo, probado en otros textos antes que el mío. Un Frankenstein literario cosido con hilos de expectativas ajenas. Y como el monstruo de Shelley, lo que creé me miraba con ojos acusadores preguntándome porqué lo traje a este mundo.
El Cadáver de un Poeta
Soy Marco. Antes era poeta —o quizás nunca lo fui realmente, quizás solo era un tipo que sangraba en verso sin saber la diferencia entre dolor y talento; o quizás sí lo era pero lo maté de hambre, lo dejé morir de silencio; o quizás el silencio me lo mató a mí y ahora soy otra cosa, algo que ya no sabe cómo se llamaba antes—. Versos que salían de mis tripas como hemorragias internas, palabras que dolían al escribirlas y dolían más al leerlas. Era auténtico porque no sabía ser otra cosa.
Pero me callé. O me callaron. El resultado es el mismo: silencio.
Durante mis años de silencio, me convertí en cazador de fantasmas digitales, en diseccionador de pecados que la gente comete cuando cree que nadie mira. He publicado papers que citan otros papers en una cadena infinita de conocimiento estéril. He dado charlas magistrales sobre las sombras de nuestras pantallas a auditorios que toman notas como recetas de cocina.
Todo técnicamente perfecto. Todo humanamente vacío.
¿Qué hace un poeta silenciado cuando domina el mundo digital? Se miente. Se dice que puede hacer narrativa. Se convence de que las novelas también pueden gritar verdades. Y se lanza al experimento más estúpido de su vida.
Antes de “Cazador de Sueños Rotos” escribí otra novela. Una que nace del hambre absoluta, que respira melancolía en cada línea, que duele leerla porque expone la fragilidad humana como vidrio bajo luz cruel. Una obra que me desnuda hasta el alma y la exhibe como corazón latiendo a cielo abierto, vulnerable y sin defensas.
Pero esa no verá la luz. No todavía. No estoy listo para ese nivel de autodestrucción pública. Hay una tercera persona sangrando en esas páginas, mi familia convertida en personajes sin su consentimiento. La autenticidad más brutal a veces exige el sacrificio de otros, y ahí mi cobardía se convierte en ética.
O eso me digo.
Así que decidí escribir una novela “segura” y publicarla en Wattpad. Esa plataforma donde los algoritmos juegan con nuestras esperanzas como gatos con ratones heridos. Donde puedes tener ciento cincuenta mil lecturas y menos de ciento treinta valoraciones, y esa ecuación perversa te dice todo lo que necesitas saber sobre lo que has parido.
Resultado: lamentable. Los números no mienten. Los lectores llegan, leen, y se van sin dejar rastro. Como si hubieran estado en un cementerio en su visita anual del Día de Todos los Santos. Como si lo que escribiste fuera tan inerte que ni siquiera merece un “me gusta” de cortesía.
La Anatomía de una Traición
Empecé con una idea. Una idea que me dolía, que me abrasaba por dentro, que necesitaba salir como aire de unos pulmones ahogándose. Era mía. Era real. Era verdad.
Pero llegaron las voces: “Los lectores jóvenes necesitan esto”. “El mercado demanda aquello”. “Sería más comercial si…”. “Quizás deberías suavizar esta parte”. “¿No crees que es demasiado crudo?”.
Y yo, como un cordero camino del matadero, asentí. Porque quería gustar. Porque quería que me leyeran. Porque confundí el éxito con la validación y la validación con la verdad.
Cogí mi idea y empecé a moldearla. Como un escultor que trabaja el mármol, pero al revés. En lugar de quitar lo que sobraba para revelar la forma escondida dentro, añadí capas y capas de barniz hasta que la piedra original desapareció por completo.
El Síndrome del Escritor Domesticado
Hay una enfermedad que mata más vocaciones artísticas que cualquier censura: el síndrome del escritor domesticado.
Primera fase: Empiezas a preguntarte qué pensaría el lector antes de escribir cada frase. No el lector ideal, no el que podría conectar con tu obra, sino el lector genérico, esa entidad abstracta que habita en tu cabeza como un juez implacable.
Segunda fase: Tu vocabulario se vuelve predecible. Evitas palabras que puedan sonar demasiado duras, demasiado reales, demasiado tuyas. Construyes frases como muebles de Ikea: funcionales, inofensivas, fáciles de montar.
Tercera fase: Pierdes la capacidad de sorprenderte escribiendo. Cada párrafo que tecleas ya lo habías leído antes en algún sitio. Cada diálogo suena a eco de conversaciones ajenas.
Fase terminal: Te conviertes en máquina de escribir emociones prefabricadas. Tus personajes lloran cuando toca llorar, ríen cuando toca reír, sufren cuando toca sufrir. Pero nada de eso te toca a ti. Eres un espectador de tu propia obra.
La Disección de un Cadáver
“Cazador de Sueños Rotos” tiene todo lo que debe tener una novela para adolescentes con pretensiones de profundidad. Todo. Como una lista de verificación para escritores cobardes.
¿Metáforas visuales? Hilos plateados representando conexiones humanas. ¿Crítica social? Sueños robados como puñalada al capitalismo. ¿Simbolismo tecnológico? La “batería” que representa cómo las instituciones nos chupan la vida. ¿Drama familiar? Trauma generacional a manos llenas. ¿Fantasía urbana? Despertar de poderes como si fuera el menú del día. ¿Final heroico? Sacrificio que hace llorar a las adolescentes.
Todo perfectamente calculado. Todo técnicamente correcto. Todo absolutamente vacío.
La obra no funciona porque está vacía. Y está vacía porque no la escribí con mi voz.
Es un cadáver maquillado para parecer vivo. Tiene color en las mejillas, pero no pulso. Tiene forma humana, pero no alma. Los mensajes están ahí, claros como el agua, pero no gritan. Susurran. Mendigan atención en lugar de exigirla.
Las Dos Voces: El Cobarde del Ayer y el Crítico de Hoy
La voz del cobarde (entonces): “Esto suena bien. Los lectores van a conectar con esto. Es profundo pero accesible”.
La voz del crítico (ahora): ¡Mentiroso! ¡Puto mentiroso! Sabías que estabas escribiendo basura prefabricada. Sabías que cada metáfora era prestada, que cada emoción era fingida.
La voz del cobarde (entonces): “Necesito que esto funcione. Si escribo algo demasiado crudo, van a huir”.
La voz del crítico (ahora): ¿Y qué conseguiste? ¿Ciento cincuenta mil lecturas fantasma? ¿Gente que pasó por tu obra como quien pasa por un escaparate vacío?
La voz del cobarde (entonces): “Voy a suavizar esta parte. Voy a hacer que el protagonista sea más simpático”.
La voz del crítico (ahora): ¡Cada vez que suavizaste algo, mataste algo! Cada vez que explicaste, insultaste la inteligencia del lector. Cada vez que hiciste algo “más simpático”, lo volviste más falso.
La voz del crítico siempre estuvo ahí. Pero elegí escuchar al cobarde. Elegí la traición consciente.
La Mentira de la Literatura “Correcta”
¿Sabéis qué es la literatura correcta? Literatura muerta. Literatura que nace ya embalsamada, con formol en lugar de sangre, con fórmulas en lugar de intuición.
La literatura correcta es esa que podemos leer en el metro sin que nadie note que estamos leyendo algo que nos está cambiando por dentro. Literatura que no mancha, que no huele, que no deja rastro.
Pero la literatura de verdad, la que importa, la que se queda pegada a nuestras costillas como una segunda piel, esa literatura es incorrecta por definición. Es incorrecta porque nace del error, del accidente, del momento en que el escritor pierde el control y deja que sean las palabras las que lo escriban a él.
Quise agradar sin agradarme. Quise evitar ser literariamente correcto intentando ser correcto. Sabía exactamente lo que estaba haciendo, y no hice nada para parar.
El Peso Muerto de las Expectativas
Cada escritor carga con un cementerio a la espalda. Un cementerio lleno de obras que nunca escribió, de frases que se autocensuró, de verdades que enterró antes de que vieran la luz.
¿Sabéis cuánto pesa una expectativa no cumplida? Pesa como un cadáver.
“Escribo para mis padres, que esperan que tenga éxito”. “Escribo para mis profesores, que me enseñaron las reglas”. “Escribo para mis compañeros, que esperan que sea mejor que ellos, pero no demasiado”. “Escribo para la crítica, que espera que encaje en sus categorías”. “Escribo para el mercado, que espera que sea rentable”.
¿Y para quién no escribes? Para ti.
La Confesión (O Porqué “Cazador de Sueños Rotos” es una Traición)
Tenía una historia que contar. Una historia real, dolorosa, que me salía de las tripas como vómito después de una borrachera. Una historia sobre la pérdida, sobre el fracaso, sobre esos momentos en que nos miramos al espejo y no reconocemos al monstruo que nos devuelve la mirada.
Pero en lugar de escribirla, la traduje. La traduje al lenguaje de lo aceptable, de lo publicable, de lo que no ofende a nadie porque no dice nada a nadie.
Cogí mi dolor y lo disfracé de metáfora. Cogí mi rabia y la suavicé con eufemismos. Cogí mi verdad y la maquillé hasta que pareció mentira.
El resultado es una historia que suena bien, que está bien construida, que cumple todas las reglas del manual. Una historia que no es mía, pero que no cuenta nada.
El Vómito de la Autenticidad
¿Sabéis qué es la autenticidad? No es técnica narrativa. No es estilo. No es algo que podamos aprender en un taller de escritura.
La autenticidad es vómito. Literal. Esa sensación de que tenemos algo dentro que necesita salir, que nos está envenenando, que va a explotar si no lo liberamos.
Y cuando escribimos de verdad, cuando escribimos desde las entrañas, físicamente duele. Nos duelen los dedos, nos duele la cabeza, nos duele el alma. Porque estamos arrancándonos pedazos de nosotros mismos y poniéndolos sobre el papel.
Pero también es lo más parecido a la libertad que vamos a experimentar jamás. Porque por un momento, solo por un momento, somos completamente nosotros. Sin filtros, sin máscaras, sin disculpas.
La Putrefacción de las Palabras Prestadas
Las palabras que no son nuestras se pudren. Como la fruta que se deja demasiado tiempo al sol, empiezan a oler mal. Al principio no lo notamos, pero luego el olor se vuelve insoportable.
“Cazador de Sueños Rotos” huele a podrido. Huele a oportunidades perdidas, a cobardía disfrazada de prudencia, a verdades que se ahogaron en un mar de corrección política y literaria.
Cada vez que lo releo, el olor es más fuerte. Y sé que no hay forma de arreglarlo. No podemos perfumar un cadáver. Solo podemos enterrarlo y empezar de nuevo.
La Asunción de Culpa: Me Cago en Mí
No voy a culpar al sistema. No voy a culpar a las reglas. No voy a culpar a los lectores ni al mercado ni a la plataforma ni a los algoritmos de mierda.
La culpa es mía. Solo mía. Completamente mía.
Yo decidí traicionar mi voz. Yo elegí la comodidad antes que la verdad. Yo construí este cadáver con mis propias manos y luego me sorprendí de que no respirara.
¿Lo peor? Que lo sabía. Que mientras lo hacía, una parte de mí gritaba que parara. Pero seguí adelante porque quería gustar más de lo que quería ser honesto. Porque confundí la validación externa con el valor interno.
Mi obra no llegó a nadie porque no salió de nadie. Salió de un algoritmo humano programado para complacer. Salió de mis miedos disfrazados de estrategia. Salió de todo menos de mí.
“Cazador de Sueños Rotos” no es una obra fallida. Es un acto de cobardía perfectamente ejecutado. Y yo soy el único responsable de haberla parido.
La Revolución Necesaria
Tengo que matar a “Cazador de Sueños Rotos”. No metafóricamente. Literalmente. Tengo que borrarlo, quemarlo, hacer que desaparezca de la faz de la tierra.
Porque mientras exista, existirá la tentación de volver a ese lugar cómodo, a esa forma de escribir que no duele, que no cuesta, que no cambia nada.
Pero no lo haré. No desterraré a mi engendro. Lo dejaré como un recordatorio constante de lo que nunca debo hacer.
Tengo que aprender a escribir como si fuera la última vez. Como si cada palabra fuera un testamento. Como si cada frase pudiera cambiar el mundo o destruirlo.
La Confesión Final
No sé si lo que estoy escribiendo ahora es mejor que “Cazador de Sueños Rotos”. Probablemente, no lo sea técnicamente. Probablemente, tenga errores, incoherencias, momentos donde me pierdo en mi propia rabia.
Pero es mío. Sale de mí. Me duele escribirlo y va a doler leerlo.
Y eso, eso al menos es real.
La literatura no existe para hacernos sentir cómodos. Existe para recordarnos que estamos vivos, que somos capaces de sentir, de cambiar, de rompernos y reconstruirnos.
Quien quiera comodidad, que vaya al supermercado. Quien quiera verdad, que venga aquí y se prepare para sangrar.
Porque al final, eso es lo único que importa. No si es bueno o malo según los estándares de otros. No si vende o no vende. No si gusta o disgusta.
Lo único que importa es si es real.
Y “Cazador de Sueños Rotos” no lo era. Esto, esto al menos lo es.
¿Tú también tienes una historia que no te atreves a escribir? ¿Un cadáver que nadie ha leído porque aún no te has perdonado por concebirlo?
El escritor que era murió. He aprendido la lección. El escritor que soy nació en el reconocimiento de lo que hizo, con este dolor.
Y va a doler. Pero va a ser real.
Finalmente

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