La diferencia entre ser escritor y soñar con ser escritor
TL; DR: Esto no es un artículo motivacional. Es una autopsia del autoengaño. La diferencia entre ser escritor y soñar con serlo no está en el talento, sino en la capacidad de tragarse la propia mierda todos los días, escribir cuando el mundo se desmorona, y aceptar que la mayoría de lo que produces es basura que nadie leerá. Si buscas inspiración, vete a otro sitio. Si buscas la verdad que nadie te cuenta, quédate y prepárate para sangrar.
I. La masturbación intelectual del soñador
Empezamos por donde duele.
Los veo en las redes sociales, en foros online, en las secciones de comentarios de artículos sobre escritura. Siempre hablando de su novela. «Estoy escribiendo una novela», publican, y su perfil se hincha como si acabaran de declarar que han descubierto la cura del cáncer. «Es una mezcla entre Borges y García Márquez, pero con toques de ciencia ficción». Por supuesto que lo es.
Les preguntas cuánto llevan escrito. «Bueno, todavía estoy en la fase de documentación». Ah, la fase de documentación. Esa fase que dura eternamente porque es cómoda, porque no requiere enfrentarse al cursor, porque no implica escribir una línea de mierda que después tendrás que reescribir veinte veces.
El soñador vive en un mundo paralelo donde las palabras fluyen como miel, donde cada frase es perfecta al primer intento, donde el reconocimiento llega antes que el trabajo. Se masturba mentalmente con la imagen de sí mismo firmando autógrafos, dando entrevistas, recogiendo premios. La realidad es un obstáculo molesto que se interpone entre él y su gloria imaginaria.
¿Sabes cuál es la diferencia fundamental? El escritor sabe que escribir duele. El soñador cree que va a ser placentero.
El escritor se despierta a las cinco de la mañana, no porque tenga inspiración, sino porque es la única hora en la que el mundo lo deja en paz. Se sienta frente al ordenador con la misma alegría con la que alguien se sienta en el dentista. Sabe que va a sufrir. Sabe que las palabras van a salir mal, que los diálogos van a sonar forzados, que la trama va a tener más agujeros que un queso gruyère.
Pero escribe.
Escribe aunque tenga resaca. Escribe aunque su mujer le haya dicho que es un fracasado. Escribe aunque tenga que fingir normalidad ocho horas al día en un trabajo que le paga las facturas mientras su trabajo verdadero le cuesta la cordura. Escribe porque no sabe hacer otra cosa, porque la alternativa es morir un poco cada día en una oficina que huele a desesperación y humanidad —perfumes y colonias mezclados con sudor corporal—.
El soñador espera el momento perfecto. El escritor sabe que no existe.
II. La liturgia del fracaso diario
Aquí viene lo que los manuales de escritura creativa no te cuentan, lo que los gurús de la motivación esconden detrás de sus sonrisas de plástico: escribir es fracasar todos los días.
Todos los putos días.
Te levantas con una idea brillante. La noche anterior, mientras te duchas o mientras intentas dormir, te ha llegado una revelación. Has visto la escena completa, has oído los diálogos, has sentido la emoción corriendo por tus venas como heroína pura. «Esto va a ser increíble», piensas. «Esto va a cambiarlo todo».
Te sientas a escribir y sale mierda.
No mierda presentable, no mierda que puedas pulir después. Mierda pura, sin disculpas, sin atenuantes. Los diálogos suenan como si los hubiera escrito un alien que hubiera aprendido español viendo telenovelas. Los personajes se mueven como marionetas con las cuerdas enredadas. La prosa está más muerta que la carrera política de un corrupto pillado in fraganti.
El soñador se desmorona. «No tengo talento», se dice. «Esto no es para mí». Cierra el documento y se va a ver Netflix, prometiéndose que mañana será diferente. Mañana tendrá inspiración. Mañana las musas lo visitarán.
Mañana, siempre mañana.
El escritor se queda. Mira esa mierda que ha escrito y piensa: «Bueno, al menos es mierda sobre papel». Porque sabe algo que el soñador no entiende: no puedes editar una página en blanco. No puedes mejorar lo que no existe. La mierda se puede convertir en algo decente. El vacío, no.
Así que reescribe. Una vez. Dos. Diez. Cincuenta si hace falta. Cada versión un poco menos mierda que la anterior, hasta que un día, sin que sepa muy bien cómo, tiene algo que no da asco. No es brillante, quizá no sea ni siquiera bueno, pero es suyo y no da asco.
Esa es su primera victoria. Pequeña, insignificante, pero suya.
III. El síndrome del impostor reconvertido en combustible
Todos los escritores sufren del síndrome del impostor. Todos. El que te diga lo contrario, o miente o es un psicópata.
La diferencia está en qué hacen con esa sensación.
El soñador se paraliza. «¿Quién soy yo para escribir una novela? ¿Quién soy yo para pensar que tengo algo interesante que decir? Hay miles de personas más preparadas, más cultas, más talentosas». Y tiene razón. Los hay. Pero eso es irrelevante, porque la literatura no es una competición deportiva donde gana el más rápido o el más fuerte. Es un territorio salvaje donde sobrevive el más obstinado —o debería serlo.
El escritor también se siente como un farsante. También se despierta algunas mañanas pensando que todo lo que ha escrito es una estafa cósmica. Pero ha aprendido algo crucial: ese sentimiento no es el enemigo. Es combustible.
Porque quien se siente impostor se esfuerza más. Quien duda de su talento trabaja el doble para compensar. Quien sabe que no es el más listo de la habitación estudia hasta quedarse ciego, lee hasta que las letras se difuminan, reescribe hasta que los dedos le sangran.
El síndrome del impostor no te convierte en mal escritor. Te convierte en escritor, punto.
He visto en redes a escritores supuestamente brillantes que publican constantemente, pero cuya obra carece de sangre. He visto a escritores mediocres que han llenado estanterías porque se levantaban cada día y ponían palabras sobre papel, una detrás de otra, sin preguntarse si merecían hacerlo.
La literatura está llena de impostores que se atrevieron a serlo en público.
IV. La economía de la atención
Nadie te lo dice cuando empiezas, pero escribir en el siglo XXI es como intentar encender una cerilla en medio de un huracán de información. Cada día se publican más libros de los que podrías leer en diez vidas. Cada día aparecen más blogs, más newsletters, más podcasts, más contenido compitiendo por los mismos ojos cansados y las mismas mentes saturadas.
El soñador no entiende esto. Piensa que basta con escribir algo bueno para que el mundo lo descubra. Cree en la meritocracia literaria, en esa fantasía de que la calidad siempre encuentra su camino. Es como creer en Papá Noel a los cuarenta años: adorable, pero patético.
El escritor sabe que vivimos en una economía de la atención donde lo bueno no basta. Donde tienes que pelear cada día por un minuto de tiempo de lectura, por un segundo de consideración. Donde puedes escribir la mejor novela del año y que nadie se entere porque ese día Taylor Swift sacó un álbum nuevo.
Esto no es una queja. Es la realidad. Y la realidad no se cambia llorando, se cambia adaptándose.
El escritor aprende a promocionarse sin vender el alma. Aprende a usar las redes sociales sin convertirse en un payaso digital. Aprende que el talento sin marketing es como una bombilla en un sótano: puede brillar todo lo que quiera, pero nadie la va a ver.
No es justo. Nada es justo. Pero llorar por la justicia es un lujo que no te puedes permitir cuando tienes historias que contar.
V. La soledad que alimenta y devora
Escribir es el trabajo más solitario del mundo. Te sientas solo frente a una página, con tus demonios como única compañía. No hay jefe que te diga qué hacer, no hay compañeros con los que quejarte del café de la máquina. Solo tú, las palabras y el silencio que se hace más pesado con cada hora que pasa.
El soñador no soporta esta soledad. La confunde con depresión, con abandono, con fracaso. Busca grupos de escritores, talleres, comunidades online donde pueda sentir que forma parte de algo. No está escribiendo, está socializando sobre escritura, que es lo contrario.
El escritor abraza la soledad. No porque le guste (a veces la odia con todas sus fuerzas, a veces la desea con toda su alma), sino porque entiende que es el precio de la creación. Que cada hora que pasa hablando de escritura con otros es una hora que no está escribiendo. Que cada conferencia sobre técnica narrativa es una conferencia donde no está desarrollando su propia técnica.
Hay una diferencia abismal entre estar solo y sentirse solo. El escritor está solo por elección. El soñador se siente solo por cobardía.
Porque al final, cuando se apagan las luces y se acallan las voces, cuando no quedan excusas ni distracciones, solo queda una pregunta: ¿vas a escribir o no?
Y esa pregunta la tienes que responder solo.
VI. El mito del bloqueo del escritor
Hablemos del bloqueo del escritor, esa excusa perfecta que absuelve a todo soñador de su falta de productividad. «No puedo escribir», dice con la misma solemnidad con la que anunciaría una enfermedad terminal. «Tengo el bloqueo del escritor».
Mentira.
No tienes bloqueo del escritor. Tienes miedo. Miedo a escribir mal, miedo a que te juzguen, miedo a fracasar, miedo a tener éxito. Pero llamarlo bloqueo suena más romántico, más artístico. Como si fueras un genio incomprendido luchando contra fuerzas cósmicas que conspiran contra tu creatividad.
El escritor real sabe que el bloqueo desaparece cuando escribir no es una opción sino una necesidad. Cuando es escribir o desintegrarse. Es gracioso cómo la necesidad cura los problemas existenciales.
¿Sabes cuándo no existe el bloqueo del escritor? Cuando escribes correos electrónicos. Cuando mandas mensajes de WhatsApp. Cuando publicas en redes sociales. Ahí las palabras fluyen sin problemas, las ideas aparecen espontáneamente, la creatividad funciona perfectamente.
El bloqueo no es la ausencia de ideas. Es la presencia del ego.
El ego que te dice que lo que vas a escribir no será lo suficientemente bueno. Que tienes que esperar a la idea perfecta, a la frase perfecta, al momento perfecto. El ego que prefiere mantener intacta la ilusión del potencial antes que arriesgarse a la realidad del trabajo mediocre.
El escritor mata a su ego todos los días antes del desayuno. Lo estrangula con sus propias manos y deja el cadáver en el suelo mientras se pone a trabajar. Porque sabe que el ego es el enemigo de la productividad, el asesino silencioso de más novelas que todas las crisis creativas juntas.
VII. La masturbación de los talleres literarios
Los talleres de escritura creativa son como los gimnasios en enero: están llenos de buenas intenciones y de gente que dejará de ir en febrero.
No me malinterpretas. Hay talleres buenos, profesores que saben de qué hablan, técnicas que pueden ayudarte. Pero por cada taller útil hay diez que son masturbación colectiva disfrazada de educación.
El soñador adora los talleres. Le dan la ilusión de estar haciendo algo productivo sin el riesgo de enfrentarse a una página en blanco. Puede hablar de literatura, analizar textos, discutir sobre técnicas narrativas, sentirse intelectual y sofisticado. Pero no escribe.
Peor aún: aprende a hablar como un escritor sin serlo. Incorpora el vocabulario, las referencias, las poses. Se convierte en un experto en teoría literaria que no ha terminado nunca un relato completo. Es como alguien que sabe todo sobre natación, pero se ahoga en una piscina.
El escritor aprende solo, leyendo obsesivamente, analizando textos como si fueran códigos que descifrar. Extrae técnicas de cada libro que devora, estudia estructuras, disecciona estilos. Su educación es caótica, autodidacta, llena de lagunas, pero es suya.
Porque su identidad como escritor no se valida en un taller. Se valida cada mañana cuando se sienta a escribir.
VIII. El porno de la inspiración
Instagram está lleno de fotos de máquinas de escribir vintage, tazas de café humeantes y frases motivacionales sobre seguir tus sueños. Pinterest rebosa de «estética de escritor»: libretas de cuero, plumas estilográficas, rincones de lectura bañados por luz dorada. YouTube está saturado de videos sobre «cómo encontrar la inspiración» y «rituales de escritores famosos».
Es porno. Porno de la inspiración.
El soñador se masturba con estas imágenes. Consume contenido sobre escritura en lugar de escribir. Se sabe de memoria los hábitos de Hemingway, las técnicas de García Márquez, las rutinas de Stephen King. Puede recitar frases inspiradoras sobre el proceso creativo, pero no puede terminar un capítulo.
Porque la inspiración es una mentira. Una mentira hermosa, seductora, pero mentira al fin y al cabo.
La inspiración no llega cuando la necesitas. Llega cuando estás cagando, en el metro, en medio de una discusión con tu pareja o en mitad de una reunión de trabajo. Llega en momentos inconvenientes y desaparece antes de que puedas hacer algo útil con ella. Es como un gato: solo viene cuando no la llamas.
El escritor no espera inspiración. Crea las condiciones para que aparezca. Se sienta a escribir todos los días a la misma hora, en el mismo sitio, con la misma rutina. No porque sea inspirador, sino porque es eficiente. Porque los músculos de la escritura, como cualesquiera otros músculos, necesitan ejercicio constante para mantenerse fuertes.
Y cuando la inspiración aparece (que aparece, siempre aparece), está preparado para recibirla. Tiene las herramientas afiladas, los dedos calientes, la mente en modo de trabajo. La inspiración no es el combustible de la escritura. Es la recompensa.
IX. La mentira de escribir para uno mismo
«Yo escribo para mí mismo», dice el soñador con aire de superioridad moral. «No me importa si nadie lo lee. Lo hago por el arte, por la necesidad de expresarme».
Mentira.
Si escribieras solo para ti mismo, lo harías en un diario privado y lo quemarías después. Si escribieras solo para ti mismo, no hablarías constantemente de tu proyecto, no buscarías lectores beta, no fantasearías con publicar.
Escribes porque quieres ser leído. Porque tienes algo que decir y necesitas que alguien lo escuche. Porque buscas conexión, reconocimiento, trascendencia. Y no hay nada malo en eso. Es humano. Es natural. Es honesto.
Lo patológico es negarlo.
Pero aquí está la paradoja que pocos admiten: escribes para ti por salud mental, publicas para otros por necesidad de conexión. Para gritar «¿alguien más sangra así?», sin tener que exponerte completamente. Es la búsqueda desesperada de un «no estás solo» que no requiera revelar tu identidad.
El escritor admite sin complejos que quiere lectores. No cualquier lector, no todos los lectores, pero sí sus lectores. Esa tribu dispersa de almas similares que van a entender lo que está tratando de decir, que van a sentir lo que él sintió al escribir.
Escribir para uno mismo es masturbación. Escribir para otros es sexo. Y el sexo, cuando es bueno, es mejor que la masturbación.
El escritor acepta la responsabilidad que conlleva tener lectores. Acepta que sus palabras van a ser malinterpretadas, criticadas, despedazadas por gente que no entiende nada, pero opina de todo. Acepta que va a recibir más críticas que elogios, más indiferencia que pasión.
Pero también acepta que, de vez en cuando, alguien va a leer algo que ha escrito y va a sentirse menos solo en el mundo. Y esa posibilidad, por remota que sea, justifica todo el dolor.
X. La tiranía de la originalidad
Vivimos obsesionados con la originalidad. Todo tiene que ser único, innovador, revolucionario. Como si la literatura fuera una competición de inventos y no un diálogo milenario entre seres humanos que comparten las mismas pasiones, los mismos miedos, las mismas esperanzas.
El soñador está paralizado por esta tiranía. No puede escribir sobre el amor porque ya se ha escrito todo sobre el amor. No puede explorar la soledad porque Bukowski ya la exploró mejor. No puede hablar de la muerte porque ahí está Rilke, mirándolo con condescendencia desde el Olimpo literario.
Así que no escribe nada. Porque nada es lo suficientemente original.
El escritor entiende que la originalidad no está en el tema, sino en la perspectiva. Que no importa cuántas novelas se hayan escrito sobre la guerra, la suya va a ser la única escrita desde su trinchera particular, con sus heridas específicas, con su manera única de sangrar.
Shakespeare no inventó la tragedia. Cervantes no inventó la novela. García Márquez no inventó el realismo mágico. Pero todos encontraron su voz dentro de formas existentes, dijeron algo nuevo con palabras viejas, crearon mundos propios en territorios conocidos.
La originalidad no es decir algo que nunca se ha dicho. Es decirlo de una manera que solo tú puedes decirlo.
Y esa manera no la encuentras esperando inspiración o leyendo manuales. La encuentras escribiendo. Escribiendo mal, escribiendo regular, escribiendo todos los días hasta que tu voz emerge del ruido, hasta que tus palabras suenan inequívocamente tuyas.
XI. El fracaso como maestro
Aquí está la verdad que nadie quiere oír: vas a fracasar. Muchas veces. De maneras humillantes, públicas, dolorosas. Vas a escribir libros que nadie va a leer. Vas a enviar manuscritos que van a volver con cartas de rechazo tan estándar que ni siquiera van a tener tu nombre bien escrito. Vas a publicar textos que van a ser destrozados por críticos que no han escrito ni una nota de la compra en su vida.
El soñador ve el fracaso como el fin del mundo. Cada rechazo es una puñalada, cada crítica negativa es una sentencia de muerte. Se rinde al primer obstáculo porque no entiende que el fracaso no es el enemigo del éxito, es su precio de entrada.
El escritor abraza el fracaso como un maestro severo pero necesario. Cada texto rechazado le enseña algo sobre el mercado. Cada crítica destructiva le señala puntos ciegos en su trabajo. Cada proyecto abandonado le da herramientas para el siguiente.
No porque sea masoquista, sino porque es realista. Porque sabe que el camino hacia la competencia está pavimentado con incompetencia. Que no puedes llegar a escribir bien sin haber escrito mal primero. Que el fracaso no es opcional, es curricular.
Los escritores que admiras han fracasado más que tú. Han sido rechazados más que tú. Han sido criticados más que tú. La diferencia es que siguieron escribiendo después de cada caída, mientras tú estás todavía pensando si levantarte de la primera.
XII. La dictadura del perfeccionismo
El perfeccionismo es el asesino de más novelas que la pereza y la falta de talento juntas. Es esa voz que te dice que no puedes pasar al capítulo dos hasta que el capítulo uno esté perfecto. Que no puedes publicar nada hasta que sea una obra maestra. Que más vale no intentar nada antes que intentar algo imperfecto.
El soñador es esclavo del perfeccionismo. Reescribe la primera página cincuenta veces, pero no avanza nunca a la segunda. Planifica su novela con la obsesión de un ingeniero nuclear, pero no escribe ni el primer párrafo. Habla de estándares altos cuando lo que tiene es pánico al juicio.
El escritor mata al perfeccionismo a tiros todos los días antes del almuerzo. Porque sabe que lo perfecto es enemigo de lo bueno, y lo bueno es enemigo de lo terminado. Porque prefiere terminar algo mediocre que no terminar nunca algo perfecto.
El perfeccionismo no es una virtud. Es una neurosis. Es la manera elegante de procrastinar, la forma sofisticada de no hacer nada. Es el refugio de los cobardes que prefieren mantener intacta la ilusión del potencial antes que arriesgarse a la realidad del trabajo imperfecto.
¿Sabes qué es perfecto? Nada. ¿Sabes qué es bueno? Lo que está terminado.
El escritor aprende a amar el borrador sucio, la primera versión defectuosa, el texto que todavía cojea, pero que ya camina. Porque sabe que se puede mejorar lo que existe, pero no se puede mejorar lo que no existe.
XIII. La trampa de la comodidad
La escritura cómoda es escritura muerta. Cuando te sientes completamente seguro con lo que estás escribiendo, cuando no hay riesgo ni incertidumbre, cuando sabes exactamente adónde vas y cómo vas a llegar, no estás creando. Estás reproduciendo.
El soñador busca la comodidad. Quiere fórmulas infalibles, técnicas probadas, caminos seguros hacia el éxito. Quiere garantías de que su esfuerzo va a dar frutos, de que su inversión va a tener retorno, de que su historia va a funcionar.
No las hay.
El escritor se tira al vacío todos los días. Empieza proyectos sin saber cómo van a terminar. Crea personajes que lo sorprenden con sus decisiones. Explora temas que no domina, territorios que no conoce, emociones que preferiría no sentir.
Porque la escritura no es un trabajo de construcción donde sigues planos predefinidos. Es exploración. Es arqueología emocional. Es bucear en aguas turbias sin saber qué vas a encontrar en el fondo.
Y esa incertidumbre, esa incomodidad, es donde nace la literatura real. En la zona donde no sabes qué estás haciendo pero sigues haciéndolo. En el territorio inexplorado donde tus prejuicios se desmoronan y tus certezas se tambalean.
El escritor aprende a confiar en el proceso aunque no confíe en el resultado. Aprende a caminar en la oscuridad, a escribir sin saber adónde va, a dejarse guiar por la historia que emerge de sus dedos como si tuviera vida propia.
Porque la mejor escritura no viene de la cabeza. Viene de las tripas.
XIV. El precio que nadie cuenta
Nadie te cuenta el precio real de ser escritor. No el precio romántico de la soledad y la incomprensión, sino el precio concreto, material, psicológico.
Nadie te cuenta que vas a trabajar gratis durante años antes de cobrar tu primer euro. Que vas a escribir libros que no va a comprar ni tu madre. Que vas a pasar noches en vela corrigiendo textos que van a leer cinco personas en total.
Nadie te cuenta que tus amigos van a dejar de tomarte en serio cuando les digas que eres escritor. Que tu familia va a hacer comentarios condescendientes sobre tu «hobby». Que vas a tener que defender constantemente porqué dedicas tu tiempo libre a algo que no te da dinero inmediato.
Nadie te cuenta la envidia que vas a sentir cuando un amigo o un conocido publique un bestseller escribiendo sobre vampiros adolescentes. La rabia que vas a experimentar cuando leas reseñas entusiastas de libros que consideras basura. La frustración de ver cómo el mercado premia lo comercial por encima de lo literario.
Nadie te cuenta la soledad real. No la soledad romántica del genio incomprendido, sino la soledad práctica de quien se pasa ocho horas al día encerrado en una habitación hablando con personajes imaginarios. La desconexión progresiva del mundo real, la dificultad para mantener conversaciones normales sobre temas normales con gente normal.
El soñador huye cuando se entera del precio. «No sabía que iba a ser tan difícil», dice, como si alguien le hubiera prometido que iba a ser fácil.
El escritor paga el precio sin protestar. No porque sea masoquista, sino porque entiende que todo tiene un coste. Que la libertad de crear se paga con la renuncia a otras libertades. Que el privilegio de contar historias se compra con años de incertidumbre y soledad.
Y que, al final, vale la pena. Porque cuando alguien lee algo que has escrito y te dice que le ha cambiado la vida, aunque sea un poquito, todos los sacrificios se vuelven irrelevantes.
XV. La muerte del ego y el nacimiento del artista
Al final, la diferencia entre ser escritor y soñar con ser escritor se reduce a una sola cosa: la muerte del ego.
El ego es esa parte de ti que quiere ser especial sin trabajar para serlo. Que quiere reconocimiento sin mérito. Que busca aplausos antes que competencia. Que prefiere la fantasía cómoda a la realidad incómoda.
El soñador vive para alimentar su ego. Cada día que no escribe, cada proyecto que no termina, cada excusa que se inventa, está protegiendo la imagen idealizada de sí mismo como futuro gran escritor. Porque mientras no escriba nada, nadie puede demostrar que no es un genio.
El escritor mata a su ego todas las mañanas antes del café. Lo estrangula con sus propias manos y deja el cadáver en el suelo mientras se pone a trabajar. Porque sabe que el ego es el enemigo de la creación, el asesino silencioso de más vocaciones artísticas que todas las crisis económicas juntas.
Cuando matas al ego, algo hermoso acontece. Dejas de escribir para demostrar lo inteligente que eres. Dejas de buscar la aprobación de gente cuya opinión no debería importarte. Dejas de compararte con otros escritores como si la literatura fuera una competición deportiva donde solo puede haber un ganador.
Empiezas a escribir porque tienes historias que contar. Porque hay personajes viviendo en tu cabeza que necesitan salir. Porque hay emociones atoradas en tu garganta que solo se liberan a través de las palabras.
Y entonces, solo entonces, te conviertes en escritor.
No cuando publicas tu primer libro. No cuando cobras tu primer cheque por derechos de autor. No cuando un crítico dice que eres brillante.
Te conviertes en escritor cuando dejas de preocuparte por ser escritor y empiezas a preocuparte por escribir.
La verdad que nadie quiere oír
He escrito este artículo para hacerte daño. Para rajarte por donde más duele. Para que dejes de mentirte y te enfrentes a la realidad sin maquillaje ni filtros.
Si has llegado hasta aquí sintiéndote atacado, si cada párrafo te ha resultado incómodo, si hay frases que te han hecho apretar los puños y rechinar los dientes, enhorabuena. Significa que hay un escritor escondido bajo capas de autoengaño, esperando su oportunidad.
Si has llegado hasta aquí buscando consuelo, esperando que alguien te diga que escribir es fácil y bonito y que basta con creer en uno mismo para triunfar, siento decepcionarte. No soy tu gurú motivacional. No soy tu coach de vida. Soy alguien que se ha tragado toda la mierda que he descrito en este artículo y ha sobrevivido para contarlo.
La diferencia entre ser escritor y soñar con ser escritor no está en el talento. Está en la capacidad de aguantar el dolor. De levantarse cada día sabiendo que vas a fracasar. De escribir sabiendo que lo que escribas probablemente sea malo. De continuar cuando todo tu entorno te dice que pares.
Es la diferencia entre quien sueña con estar en forma y quien se levanta a correr aunque llueva. Entre quien habla de aprender guitarra y quien se sienta a practicar aunque le sangren los dedos. Entre quien fantasea con ser chef y quien corta cebolla hasta que llora de verdad.
No es romántico. No es inspirador. No es fácil.
Es necesario.
Porque al final del día, al final de la vida, al final de todo, solo quedan dos tipos de personas: las que hicieron lo que dijeron que iban a hacer y las que se quedaron hablando de lo que podrían haber hecho.
¿En cuál de los dos grupos quieres estar cuando se apaguen las luces?
La decisión es tuya. Siempre ha sido tuya.
Ahora deja de leer artículos sobre escritura y ponte a escribir.
O no lo hagas, y deja de llamarte escritor.

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