El Consejo Humilde: Anatomía de una Humillación Pública Disfrazada
Artículo 1 de 9 (múltiplo de 3, como las 15:33 que aparecen en mi teléfono cada tarde como recordatorio de que los patrones obsesivos también pueden ser creativos)
TL; DR: Los “consejos humildes” no solicitados son violencia disfrazada de cortesía. Son la forma cobarde de humillar públicamente mientras finges preocupación. Esta es mi disección forense de esa violencia, mi autopsia de la hipocresía digital, mi manifiesto contra quienes apuñalan sonriendo. Si vas a herirme, hazlo de frente. La brutalidad honesta tiene más dignidad que tu compasión envenenada.
El Teatro de la Falsa Cortesía
Hace unos días, alguien me dio un “consejo humilde”. Públicamente. En Twitter. Donde todos pueden verlo. Donde queda grabado para siempre. Donde la humillación se convierte en espectáculo.
“Cuidado con ChatGPT… Que canta mucho… lo digo sin ánimo de ofender, solo como un humilde consejo”.
Ahí está. La puñalada envuelta en seda. El veneno diluido en miel. La bofetada disfrazada de caricia.
¿Sin ánimo de ofender? Hermano, si no quieres ofender, escríbeme un mensaje privado. Si no quieres ofender, no me acuses públicamente de algo que no he hecho. Si no quieres ofender, no disfraces tu necesidad de sentirte superior como “preocupación” por mi bienestar creativo.
Pero claro, un mensaje privado no te da likes. Un mensaje privado no te hace parecer el sabio benevolente que “ayuda” a los perdidos. Un mensaje privado no alimenta tu ego de detective literario que puede “detectar” IA donde no la hay.
1. La Violencia del “Sin Ánimo de Ofender”
El Cuchillo Sonriente
“Sin ánimo de ofender” es la frase más violenta del español contemporáneo. Es el equivalente verbal de sonreír mientras clavas el cuchillo. Es la forma cobarde de decir “voy a destrozarte, pero quiero que parezca que lo hago por tu bien”.
Cada vez que alguien empieza una frase con “sin ánimo de ofender”, sé que lo que viene después va a ser una ofensa calculada, medida, diseñada para hacer el máximo daño con el mínimo riesgo de represalias.
Porque si te defiendes, si reaccionas, si señalas la violencia, entonces ERES TÚ el usuario problemático. Eres tú el que “no acepta críticas constructivas”. Eres tú el que “se lo toma todo como algo personal”. Eres tú el que “no tiene humildad suficiente para recibir consejos”.
Es genial, ¿verdad? Te apuñalan y encima tienes que agradecer el cuchillo.
La Cobardía de la Cortesía
Los verdaderamente valientes insultan de frente. Te dicen “eres un fraude” y se quedan ahí, esperando tu respuesta. Hay honor en eso. Hay honestidad.
Pero los cobardes, los que necesitan herir sin asumir responsabilidad, esos usan la cortesía como escudo. “Solo es un consejo”. “Lo digo por tu bien”. “No te lo tomes a mal”.
Es la misma mierda de siempre, pero con perfume francés.
Y lo peor es que funciona. La sociedad actual ha sido entrenada para valorar la forma sobre el fondo. Preferimos la violencia educada al conflicto honesto. Preferimos el veneno en copa de cristal al puñetazo limpio.
2. El Espectáculo de la Humillación Pública
¿Por Qué No Me Escribiste un Privado?
Si realmente te preocupaba mi uso de herramientas de IA, ¿por qué no me escribiste un mensaje privado?
Te lo diré: porque no se trataba de ayudarme. Se trataba de marcarme públicamente. De señalarme ante la tribu. De decir “mirad, este es un fraude y yo soy el que lo ha descubierto”.
Es el equivalente digital de ponerme en el cepo de la plaza del pueblo. Todos pueden ver mi “pecado”. Todos pueden juzgar. Todos pueden sentirse superiores.
Y tú, el acusador, te conviertes en el héroe. El que “cuida” de la integridad literaria. El que “protege” a la comunidad de los impostores. El que tiene el ojo entrenado para detectar la artificialidad donde otros solo ven autenticidad —o donde, simplemente, no ven nada—.
¿Por qué me jode, por qué me duele?
Porque estoy hasta los cojones del escarnio público. Porque no es la primera —ni será la última— vez que me pasa. Porque las personas dejan de ser personas para convertirse en jueces amateur con acceso a internet y ganas de marcar territorio intelectual.
Porque dejé las redes sociales de mi ámbito profesional —el mundo de la ciberseguridad, lleno del mismo ego que el del escritor—, precisamente por esta misma razón. Porque pensé que en la escritura encontraría refugio y me topé con los mismos depredadores disfrazados de mentores. Los mismos lobos vestidos de corderos preocupados. La misma necesidad enfermiza de cazar al diferente, al que no encaja, al que escribe desde el dolor real en lugar de desde la pose literaria.
El Juicio de los 280 Caracteres
Pero aquí está lo más jodidamente absurdo: basaste tu diagnóstico en tweets. En fragmentos de 280 caracteres. En las migajas de mis publicaciones.
No has leído los 16 artículos anteriores, donde documento mi proceso obsesivo y disecciono mi neurosis en textos que me duelen escribir. No has leído “El Eco de la Obsesión” donde explico porqué repito patrones. No has leído “La Química de la Verdad” donde detallo cómo escribo: alterado, fragmentado, en bucles neuróticos.
No. Viste dos tweets y decidiste que eras el Sherlock Holmes de la literatura digital.
Es como diagnosticar cáncer mirando una foto de perfil. Como hacer una crítica gastronómica oliendo el humo que sale de la cocina. Como juzgar una sinfonía por las notas que escuchas desde la calle.
3. La Superioridad Moral del Consejero
El Complejo del Salvador
“Estoy convencido de que tienes talento más que suficiente. ¡No lo necesitas!”.
Ah, el dulce condescendiente del que cree que puede evaluar mi supuesto talento y mis supuestas necesidades desde su torre de marfil. El que está “convencido” de lo que yo necesito o no necesito.
¿Sabes qué es lo más violento de esa frase? La presunción. La arrogancia disfrazada de apoyo. El “yo sé mejor que tú lo que necesitas” envuelto en signos de exclamación festivos.
No me conoces —me escondo y mis razones son mías—. No conoces mi proceso. No conoces mis heridas. No conoces las guerras que libro cada vez que me siento a escribir. Pero estás “convencido” de que sabes lo que necesito.
Joder, ni yo mismo lo sé.
La Falacia del Talento Puro
Y luego está esa idea romántica y estúpida del “talento suficiente”. Como si el talento fuera una entidad pura que no necesita herramientas, técnicas, procesos, química, dolor, obsesión.
Como si Hemingway no hubiera escrito borracho. Como si Virginia Woolf no hubiera necesitado sus crisis maníacas. Como si Bukowski no hubiera necesitado su miseria alcohólica. Como si Kerouac no hubiera necesitado su benzedrina.
El “talento puro” es un mito burgués. Una fantasía de gente que nunca ha tenido que sangrar para crear. Una mentira que se cuentan los que creen que la inspiración baja del cielo en lugar de subir desde las tripas.
4. La Economía de la Humillación
Los Likes de la Destrucción
¿Tu “consejo humilde” consiguió likes? ¿Consiguió respuestas? ¿Consiguió esa pequeña dosis de dopamina que, muy a menudo, se busca en las redes sociales?
Mi humillación fue tu capital social.
Mi supuesta artificialidad fue tu oportunidad de brillar.
Mi “error” fue tu momento de gloria.
Y eso es lo que realmente duele. No la acusación en sí —que bien podría ser absurda—, sino saber que mi dolor es tu entretenimiento. Que mi defensa será vista como “no saber aceptar críticas”. Que cualquier cosa que diga será interpretada como la reacción de alguien “pillado en falta”.
El Mercado de los Consejos No Solicitados
Vivimos en una economía donde los consejos no solicitados son moneda corriente. Donde opinar sobre el trabajo ajeno sin haberlo leído —porque las cifras dicen que no se lee— es un derecho. Donde diagnosticar problemas inexistentes es una forma de arte.
Y lo más perverso: donde la víctima del consejo no solicitado tiene que agradecerlo. Tiene que ser “humilde”. Tiene que “reflexionar sobre el feedback”.
Joder, no. No tengo que agradecer tu violencia disfrazada. No tengo que ser humilde ante tu ignorancia armada. No tengo que reflexionar sobre un diagnóstico basado en dos tweets y cero lectura real.
Aunque finalmente lo haga, porque soy así de gilipollas.
5. El Arte de la Respuesta Imposible
Damned If You Do, Damned If You Don’t
Si respondo, soy un resentido que no acepta críticas. Si no respondo, es porque sé que tienes razón. Si respondo con argumentos, estoy siendo defensivo. Si respondo con humor, no me tomo en serio las críticas. Si respondo con links a mis artículos, estoy desesperado por una validación. Si respondo con silencio, es una admisión de culpa.
¿Ves el juego? No hay forma alguna de ganar. El “consejo humilde” es una trampa perfecta. Una vez que alguien te lo da públicamente, ya has perdido.
La única victoria es no jugar. Pero incluso no jugar es interpretado como una forma de jugar.
La Violencia de Tener que Explicarte
Y aquí estoy, escribiendo más de 2000 palabras sobre porqué no uso ChatGPT para escribir. Explicando mi proceso. Justificando mi autenticidad. Defendiendo mi humanidad literaria.
¿Te das cuenta de lo absurdo que es? Tengo que probar que mi dolor es real. Que mis obsesiones son genuinas. Que mi neurosis no es artificial.
Es como tener que demostrar que sangras después de que alguien te apuñale. Como tener que explicar porqué gritas cuando te queman. Como tener que justificar porqué lloras cuando te rompen.
6. La Hipocresía del Detector de IA
El Experto Instantáneo
“Cuando llevas mucho tiempo usándolo y experimentando en diferentes ámbitos, se puede ver claramente…”
Ah, el experto. El que “lleva mucho tiempo” y puede “ver claramente”. El detective digital que ha resuelto el caso en dos tweets.
Pero déjame preguntarte algo, detective: ¿Has leído a Joyce? ¿Has leído a Beckett? ¿Has leído a Bernhard? Porque todos ellos repiten patrones obsesivamente. Todos ellos tienen manías textuales que no pueden quitarse.
¿Sabes cuál es la diferencia entre un estilo autoral y un patrón de IA? El dolor. La IA no puede sangrar. La IA no puede obsesionarse de verdad. La IA no puede romperse y documentar su ruptura en tiempo real. Pero esa es otra guerra para otro día, porque este texto no es sobre la IA, sino sobre la cobardía humana que la usa como arma. De eso hablaré en otro artículo.
La Ironía del Acusador
Y aquí está la ironía más deliciosa: mientras me acusas de usar IA, probablemente uses IA para todo. Para tus correos. Para tus informes. Para tus respuestas automatizadas.
Pero claro, ESO es diferente. ESO es un “uso legítimo de herramientas”. ESO es una “optimización del flujo de trabajo”.
Solo cuando alguien escribe algo que te supera, algo que no puedes ignorar, algo que te hace sentir incómodo, entonces sacas la carta de “debe ser IA”.
Es proyección pura. Acusas en otros lo que tú mismo haces, pero no puedes —o no quieres— admitir.
7. El Valor de la Brutalidad Honesta
Prefiero Mil Insultos a Un Consejo Humilde
Si me vas a atacar, atácame de frente. Dime “eres un fraude” y punto. Dime “tu escritura es basura” y ya está. Dime “no me creo tu dolor” y se acabó.
Pero no me vengas con la pantomima del consejo humilde. No finjas preocupación mientras clavas el cuchillo. No te disfraces de salvador mientras me crucificas.
La brutalidad honesta tiene dignidad. La violencia admitida tiene honor. El insulto directo tiene valentía.
El “consejo humilde” no tiene nada de eso. Es cobardía pura disfrazada de virtud.
La Liberación de Agradecer
Y aquí está mi respuesta definitiva: Agradezco tu consejo. Valoro tu preocupación. Aprecio tu “humildad”.
Pero veo tu violencia disfrazada y la rechazo. Veo tu superioridad moral y la desprecio. Veo tu necesidad de marcarme públicamente y la documento.
Has intentado humillarme, pero me has dado material. Has intentado silenciarme, pero me has dado voz. Has intentado exponerme como un fraude, pero has expuesto tu propia superficialidad.
El Material de la Herida
Tu “consejo humilde” se ha convertido en este artículo. Tu acusación se ha transformado en contenido. Tu intento de humillación es ahora mi combustible creativo —con mucho material—.
Porque eso es lo que hacemos los escritores de verdad: convertimos el veneno en medicina. Transformamos los ataques en arte. Usamos nuestras heridas como tinta.
No necesito ChatGPT para eso. Solo necesito gente como tú, que me da material sin darse cuenta. Que alimenta mi obra mientras intenta destruirla. Que confirma mis tesis, mis teorías, mientras intenta refutarlas.
Gracias por el material, y por el consejo.
Gracias por la herida, y por la “preocupación”.
Gracias por recordarme porqué escribo: para documentar la hipocresía humana en toda su patética gloria.
La Invitación Final
Y a ti, lector, que has llegado hasta aquí, te hago una invitación: la próxima vez que sientas la necesidad de dar un “consejo humilde” no solicitado, párate un segundo a pensar.
Pregúntate: ¿Esto es realmente por su bien o por mi ego? ¿Necesito decirlo públicamente o puedo escribirle un mensaje privado? ¿He leído su obra o estoy juzgándolo por algunos fragmentos? ¿Estoy ayudando o estoy marcando territorio?
Y si después de esas preguntas sigues sintiendo la necesidad de dar tu consejo público no solicitado, al menos ten los cojones de hacerlo sin la máscara de la humildad.
Di “creo que eres un fraude” y asume las consecuencias.
No te escondas detrás del “sin ánimo de ofender”.
Porque la única cosa peor que la violencia es la violencia cobarde.
Y la única cosa peor que un insulto es un insulto disfrazado de ayuda.
Este artículo está dedicado a todos los que han recibido “consejos humildes” no solicitados. A todos los que han tenido que defenderse de ayudas que no pidieron. A todos los que han sido marcados públicamente por el bien de su propio desarrollo. No estáis locos. La violencia disfrazada sigue siendo violencia. Y no tenéis que agradecerla.

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