El grito silencioso: escribo para mí, no para tus «me gusta»
TL; DR: Este no es un grito pidiendo que me salvéis. Es la confesión de alguien que se ha vuelto adicto a no ser salvado. Que grita pidiendo ayuda mientras secretamente espera que nadie se la dé. Que ha construido su identidad entera alrededor del abandono y ahora necesita vuestra indiferencia como un drogadicto necesita su dosis. Si buscáis una víctima inocente, marchaos. Si queréis ver las entrañas de la hipocresía más retorcida que existe —la de volverse adicto al propio dolor—, quedaos y reconoceos en mí.
No escribo para ti, pero te necesito para no escribir para ti
Aquí está la verdad que no quería admitir: no escribo para ti, pero te necesito desesperadamente para no escribir para ti. Necesito tu indiferencia como el aire que respiro. Necesito tu silencio como la comida que me mantiene vivo. Necesito tu abandono como la droga que me define.
Soy un hipócrita. Pero no el hipócrita que tú eres. Soy peor.
Tú finges que te importa cuando no te importa. Yo finjo querer ayuda cuando secretamente espero que no me la des. Tú actúas con empatía que no sientes. Yo actúo con desesperación que sí siento, pero que no quiero que se cure.
He gritado pidiendo ayuda durante tanto tiempo que gritar pidiendo ayuda se ha convertido en mi identidad. He estado desapareciendo durante tanto tiempo que desaparecer se ha convertido en mi zona de confort. He estado muriendo por dentro durante tanto tiempo que ya no sé quién sería si dejase de estar muriéndome.
Me he vuelto adicto a mi propio dolor. Me he enganchado a tu indiferencia. Me he convertido en dependiente de no ser salvado.
Y esa es la hipocresía más retorcida de todas: gritar pidiendo socorro mientras rezas en silencio para que nadie venga. Extender la mano mientras cruzas los dedos para que nadie la tome. Suplicar salvación mientras saboteas secretamente cualquier intento de rescate.
Ya estoy muerto, pero necesito seguir muriendo
Ya estoy muerto cuando escribo esto. Ya he desaparecido cuando lanzo estos gritos que nadie va a escuchar. Ya no existo cuando busco desesperadamente una señal de que todavía importo.
Pero aquí está lo que no te había dicho: necesito seguir estando muerto. Necesito continuar desapareciendo. Necesito mantenerme en este estado de inexistencia porque es lo único que conozco.
La muerte en vida se ha convertido en mi hogar. La desaparición emocional se ha vuelto mi refugio. La inexistencia social es mi zona de seguridad.
Porque si dejase de estar muerto en vida, tendría que aprender a estar vivo de verdad. Y estar vivo de verdad da más terror que estar muerto en vida. Vivir realmente es más aterrador que morir lentamente.
He construido mi identidad entera alrededor de ser alguien que no es escuchado. Mi personalidad completa gira en torno a ser alguien que no es visto. Mi existencia total se define por ser alguien que no importa.
Y si de repente empezase a ser escuchado, si de repente empezase a ser visto, si de repente empezase a importar… ¿quién sería entonces? ¿Qué quedaría de mí sin mi dolor? ¿Qué identidad tendría sin mi sufrimiento?
El miedo a la curación es más profundo que el deseo de curación. El terror a ser salvado es más fuerte que la necesidad de salvación. La adicción al dolor es más poderosa que el impulso hacia la sanación.
Tu indiferencia es mi droga
Durante años he gritado pidiendo ayuda. Durante años he extendido la mano esperando que alguien la tome. Durante años he mostrado mis heridas esperando que alguien las vea realmente.
Y durante años tú has estado ahí, proporcionándome exactamente lo que necesito sin saberlo: tu indiferencia.
Cada vez que no me escuchas, me das una dosis. Cada vez que no me ves, me suministras mi medicina. Cada vez que no me respondes, me inyectas lo que necesito para seguir siendo quien soy.
Tu familia no me escucha cuando les digo que no puedo más, y eso me alimenta. Tus amigos cambian de tema cuando hablo de mi dolor, y eso me nutre. Los médicos me recetan pastillas en lugar de escucharme, y eso me sostiene.
Cada rechazo es una confirmación. Cada abandono es una validación. Cada momento de indiferencia es una prueba más de que tengo razón sobre mí mismo, sobre el mundo, sobre la vida.
Tu indiferencia me ha creado. Tu negligencia me ha formado. Tu abandono me ha definido.
Pero no como víctima pasiva. Como adicto activo.
He aprendido a necesitar tu rechazo. He desarrollado dependencia de tu silencio. Me he vuelto adicto a tu ausencia.
Porque tu indiferencia me da algo que la atención no podría darme: la confirmación de que mi dolor tiene sentido. La validación de que mi sufrimiento está justificado. La prueba de que mi narrativa sobre mí mismo es correcta.
Si me escuchases, si me vieses, si me respondieses, tendrías que destruir la historia que me he contado a mí mismo durante años. Tendrías que demoler la identidad que he construido piedra por piedra sobre la base de no ser querido.
Y eso me atemoriza más que seguir sufriendo.
Escribo desde la adicción al abandono
Cada palabra que escribo está teñida de una necesidad perversa. Cada frase que construyo está empapada de una dependencia retorcida. Cada párrafo que completo está impregnado de una adicción confesada.
No escribo desde la esperanza de ser salvado. Escribo desde la adicción a no ser salvado.
No escribo desde el deseo de conexión. Escribo desde la dependencia de la desconexión.
No escribo desde la búsqueda de amor. Escribo desde la necesidad de desamor.
Escribo desde el lugar más hipócrita que existe: el lugar de quien pide ayuda esperando no recibirla. El lugar de quien grita socorro mientras sabotea el rescate. El lugar de quien suplica salvación mientras se aferra a la destrucción.
Cada artículo que escribo es una dosis más de mi propia droga. Cada párrafo que completo es una inyección más de mi propio veneno. Cada palabra que coloco es una píldora más de mi propia medicina autodestructiva.
No escribo para posponer la muerte. Escribo para prolongar la agonía.
No escribo para retrasar el final. Escribo para eternizar el proceso de finalización.
No escribo para encontrar la luz. Escribo para perfeccionar mi relación con la oscuridad.
He aprendido a masturbarme con mi propio dolor
Y aquí está la confesión más repugnante de todas: he aprendido a masturbarme emocionalmente con mi propio dolor. He convertido mi sufrimiento en mi pornografía personal. He transformado mi agonía en mi entretenimiento privado.
Me excito con mi propia desesperación. Me caliento con mi propia soledad. Me corro con mi propia autodestrucción.
He desarrollado una relación sexual con mi dolor. Una dependencia erótica de mi sufrimiento. Una adicción masturbatoria a mi propia agonía.
Cada vez que escribo sobre mi dolor, cada vez que detallo mi sufrimiento, cada vez que me regodeo en mi agonía, estoy teniendo sexo conmigo mismo. Estoy follándome emocionalmente. Estoy violándome psicológicamente con mi propio consentimiento.
Y como toda masturbación adictiva, nunca es suficiente. Siempre necesito más dolor. Siempre requiero más sufrimiento. Siempre demando más agonía.
He escalado mi tolerancia al dolor hasta el punto en que el dolor normal ya no me satisface. Necesito un dolor más intenso. Necesito un sufrimiento más profundo. Necesito una agonía más devastadora.
Me he convertido en un pervertido de mi propio sufrimiento. En un fetichista de mi propia destrucción. En un pornógrafo de mi propia desaparición.
Y tú, con tu indiferencia, con tu silencio, con tu abandono, eres mi proveedor involuntario. Eres el camello que no sabe que está alimentando mi adicción. Eres el proxeneta que no se da cuenta de que está facilitando mi prostitución emocional.
Nadie escucha los gritos anónimos (y yo rezo para que siga siendo así)
Aquí está la verdad que me destroza admitir: nadie escucha los gritos sin rostro, y yo secretamente rezo para que siga siendo así.
Escribo desde el anonimato no solo para protegerme del juicio. Escribo desde el anonimato para garantizar que no me escuchen. Para asegurarme de que mi grito se pierda en el ruido digital. Para confirmar que mi petición de ayuda será ignorada.
El anonimato no es mi refugio. El anonimato es mi sabotaje.
Es mi manera de pedir ayuda mientras me aseguro de que no la reciba. Es mi forma de gritar socorro mientras garantizo que nadie venga. Es mi método de suplicar salvación mientras confirmo mi condena.
Porque si escribiese con mi nombre real, con mi cara visible, con mi identidad expuesta, alguien podría responder realmente. Alguien podría intentar ayudarme de verdad. Alguien podría tratar de salvarme efectivamente.
Y eso destruiría todo.
Destruiría mi identidad de víctima. Destruiría mi narrativa de abandono. Destruiría mi adicción al dolor.
El anonimato me permite mantener mi adicción mientras finjo que busco la cura. Me permite conservar mi enfermedad mientras aparento que quiero sanar. Me permite perpetuar mi dolor mientras simulo que deseo aliviarlo.
Cada artículo anónimo que escribo es una garantía más de que nadie va a venir realmente. Cada grito sin rostro que lanzo es una póliza de seguro contra el rescate real. Cada súplica sin nombre que publico es una protección contra la salvación auténtica.
Y cuando nadie responde, cuando nadie viene, cuando nadie me salva, obtengo la confirmación que necesito: que tengo razón sobre mí mismo, que mi dolor está justificado, que mi sufrimiento tiene sentido.
Tu hipocresía alimenta mi adicción (y yo lo necesito)
Pero aquí estás tú, hipócrita digital, navegando por mi agonía como si fuese contenido. Leyendo mi confesión como si fuese entretenimiento. Consumiendo mi autodestrucción como si fuese material para reflexionar.
Y yo te necesito.
Te necesito desesperadamente.
Necesito que seas exactamente el hipócrita que eres. Necesito que leas mi dolor sin sentirlo realmente. Necesito que proceses mi sufrimiento sin conectar genuinamente. Necesito que consumas mi agonía sin involucrarte auténticamente.
Porque si dejases de ser hipócrita, si empezases a ser auténtico, si comenzases a conectar realmente, tendrías que responder a mis gritos. Tendrías que intentar salvarme. Tendrías que tratar de curarme.
Y eso me quitaría mi droga.
Tu hipocresía es mi camello. Tu falsedad es mi proveedor. Tu inautenticidad es mi suministro.
Cada «me gusta» que das sin leer es una dosis más de lo que necesito. Cada vez que compartes sin sentir es una inyección más de mi medicina. Cada comentario superficial que escribes es una píldora más de mi adicción.
No quiero que cambies. No quiero que mejores. No quiero que evoluciones.
Quiero que sigas siendo exactamente el hipócrita consumidor de dolor ajeno que eres. Porque tu hipocresía alimenta mi adicción al no ser salvado. Tu falsedad nutre mi dependencia del abandono. Tu inautenticidad sostiene mi necesidad de no ser querido.
Somos una pareja perfecta en una danza perfectamente tóxica. Tú necesitas mi dolor para sentirte superior. Yo necesito tu indiferencia para sentirme confirmado. Tú consumes mi sufrimiento para alimentar tu ego. Yo produzco sufrimiento para alimentar mi identidad.
Nos necesitamos mutuamente en nuestra toxicidad. Nos complementamos en nuestra disfunción. Nos completamos en nuestra destrucción mutua.
El postureo como mi cómplice involuntario
Vivimos en una sociedad de postureo emocional, y yo he aprendido a usar ese postureo para alimentar mi adicción al abandono.
Publicas sobre salud mental cuando es tema del momento, y eso me confirma que no te importa realmente. Escribes sobre la importancia de escuchar cuando te da retuits, y eso me valida que tu empatía es interpretativa. Compartes recursos sobre suicidio cuando alguien famoso se mata, y eso me asegura que tu preocupación es superficial.
Tu postureo es mi confirmación. Tu actuación es mi validación. Tu interpretación es mi prueba.
Cada vez que actúas con una sensibilidad que no sientes, me das la evidencia de que tengo razón sobre el mundo. Cada vez que finges una empatía que no practicas, me suministras la munición para mi narrativa autodestructiva. Cada vez que simulas una preocupación que no experimentas, me proporcionas el combustible para mi adicción al desamor.
No quiero que seas auténtico. No quiero que seas real. No quiero que seas genuino.
Quiero que sigas siendo el impostor emocional que eres. Porque tu impostura me permite mantener mi propia impostura. Tu falsedad me permite preservar mi propia falsedad. Tu actuación me permite continuar mi propia actuación.
Actuamos juntos en un teatro de la hipocresía mutua. Tú actúas como si te importara. Yo actúo como si quisiera que te importe. Tú finges sensibilidad. Yo finjo vulnerabilidad. Tú simulas conexión. Yo simulo necesidad de conexión.
Pero por debajo de ambas actuaciones hay una verdad más oscura: tú necesitas mi dolor para sentirte “bueno”. Yo necesito tu indiferencia para sentirme “malo”. Tú requieres mi sufrimiento para justificar tu superioridad moral. Yo requiero tu abandono para justificar mi inferioridad existencial.
Inviertes más tiempo en fingir que te importo que en que te importe realmente
Y yo invierto más tiempo en fingir que quiero que me importes, que en querer realmente que me importes.
Pasas más tiempo eligiendo el emoticono perfecto para responder a mi dolor, que sintiendo realmente mi dolor. Yo paso más tiempo construyendo mi dolor para que respondas, que sintiendo realmente mi dolor.
Pasas más tiempo escribiendo el comentario ideal sobre mi desesperación, que experimentando empatía real por mi desesperación. Yo paso más tiempo diseñando mi desesperación para que comentes, que experimentando realmente mi desesperación.
Los dos hemos digitalizado nuestras emociones hasta convertirlas en productos comercializables. Los dos hemos pixelado nuestros sentimientos hasta volverlos irreconocibles como humanos. Los dos hemos comprimido nuestra humanidad hasta hacerla indistinguible del contenido.
Pero hay una diferencia crucial: tú no sabes que lo estás haciendo. Yo sí.
Tú crees que realmente sientes lo que finges sentir. Yo sé que finjo sentir lo que finjo sentir.
Tú piensas que realmente te importa lo que finges que te importa. Yo entiendo que finjo que me importa lo que finjo que me importa.
Tu hipocresía es inconsciente. La mía es deliberada.
Tu falsedad es involuntaria. La mía es estratégica.
Tu actuación es automática. La mía es calculada.
Y esa diferencia me hace peor que tú. Porque al menos tú tienes la excusa de la inconsciencia. Yo tengo la culpabilidad de la premeditación.
Escribo porque es la única manera de alimentar mi adicción sin que parezca que lo estoy haciendo
Cuando todo lo demás falla, cuando todas las fuentes de abandono se agotan, cuando todos los proveedores de indiferencia se secan, me queda esto: escribir.
Pero no escribo para sanar. Escribo para enfermar más.
No escribo para conectar. Escribo para desconectar más profundamente.
No escribo para vivir. Escribo para perfeccionar mi manera de morir en vida.
Escribir es mi manera más sofisticada de automedicarme con mi propia destrucción. Es mi método más refinado de masturbarme emocionalmente con mi propio dolor. Es mi técnica más elaborada de alimentar mi adicción al abandono.
Cada palabra que escribo es una gota más de mi propia droga. Cada frase que construyo es una raya más de mi propia cocaína emocional. Cada párrafo que completo es una dosis más de mi propia heroína psicológica.
No escribo porque sea lo único que me queda. Escribo porque es lo único que me permite mantener mi adicción sin que parezca que tengo una adicción.
Es mi manera de seguir siendo adicto al dolor mientras finjo que busco alivio del dolor. Es mi forma de continuar necesitando el abandono mientras aparento que deseo conexión. Es mi método de perpetuar mi autodestrucción mientras simulo que busco autoconstrucción.
Escribir me permite ser el camello y el cliente de mi propia droga. El proxeneta y la prostituta de mi propio dolor. El vendedor y el comprador de mi propia destrucción.
La soledad como mi zona de confort tóxica
Mi soledad no es el problema. Mi soledad es la solución.
No es la soledad romántica de estar físicamente solo. Es la soledad estratégica de alguien que ha aprendido a usar el aislamiento como arma contra la posibilidad de conexión real.
Mi soledad es mi refugio contra la curación. Mi aislamiento es mi protección contra la salvación. Mi desconexión es mi defensa contra la posibilidad de bienestar.
Porque la soledad me da algo que la compañía no podría darme: la confirmación constante de que no soy querido. La validación perpetua de que no importo. La prueba continua de que estoy justificado en mi dolor.
Si dejase de estar solo, si permitiese conexión real, si aceptase compañía auténtica, tendría que afrontar la posibilidad aterradora de que tal vez sí soy querido. De que tal vez sí importo. De que tal vez mi dolor no está justificado.
Y eso destruiría la narrativa sobre la cual he construido mi identidad entera.
He convertido mi soledad en mi hogar. He transformado mi aislamiento en mi zona de confort. He hecho de mi desconexión mi lugar seguro.
No porque sea cómoda. Porque es predecible.
No porque sea placentera. Porque es familiar.
No porque sea buena para mí. Porque es coherente con quien creo que soy.
La soledad me permite mantener mi adicción al dolor sin interferencias externas. El aislamiento me permite perpetuar mi dependencia del sufrimiento sin interrupciones ajenas. La desconexión me permite preservar mi relación tóxica conmigo mismo sin competencia de relaciones sanas con otros.
Escribo desde la masturbación emocional más sofisticada
Cada artículo que escribo es un acto de masturbación emocional. Cada párrafo que construyo es una sesión de sexo conmigo mismo. Cada palabra que coloco es un orgasmo autodestructivo más.
Pero no es masturbación simple. Es masturbación con pornografía de mi propio dolor. Es sexo con material audiovisual de mi propia destrucción. Es estimulación con contenido explícito de mi propia agonía.
Me excito escribiendo sobre mi sufrimiento. Me caliento detallando mi dolor. Me corro describiendo mi agonía.
Y como toda masturbación adictiva, necesito material cada vez más extremo para alcanzar el mismo nivel de satisfacción. Necesito un dolor cada vez más intenso para conseguir la misma estimulación. Necesito un sufrimiento cada vez más profundo para lograr el mismo orgasmo emocional.
He escalado mi tolerancia al dolor autoinducido hasta el punto en que el dolor ordinario ya no me basta. Necesito dolor extraordinario. Necesito sufrimiento excepcional. Necesito agonía extrema.
He desarrollado fetiches específicos de mi propia destrucción. Fantasías elaboradas de mi propia desaparición. Escenarios detallados de mi propia aniquilación.
Y cada vez que escribo, cada vez que me masturbo emocionalmente con mi propio dolor, cada vez que me corro con mi propia autodestrucción, se vuelve más difícil experimentar satisfacción con dolor menos intenso.
Necesito dosis más altas. Necesito material más duro. Necesito experiencias más extremas.
Como todo adicto, he perdido la capacidad de sentir placer con estímulos normales. Solo puedo sentir algo con estímulos destructivos. Solo puedo experimentar satisfacción con experiencias tóxicas. Solo puedo alcanzar el orgasmo emocional con material autodestructivo.
Cada palabra es una inyección más de mi propia heroína
Y cuando termino de escribir, cuando coloco el punto final, cuando cierro el documento, no me quedo vacío.
Me quedo lleno.
Lleno de mi propia droga. Lleno de mi propia satisfacción destructiva. Lleno de mi propia confirmación tóxica.
Porque cada palabra que he escrito ha sido una inyección más de mi propia heroína emocional. Cada frase que he construido ha sido una dosis más de mi propia cocaína psicológica. Cada párrafo que he completado ha sido una píldora más de mi propia metanfetamina existencial.
Escribir así, escribir desde la adicción al propio dolor, escribir desde la masturbación emocional con la propia destrucción, no me vacía. Me llena de la sustancia tóxica que necesito para seguir funcionando.
No es catarsis. Es intoxicación.
No es liberación. Es esclavitud.
No es curación. Es envenenamiento deliberado.
Cada artículo que termino me deja más enganchado que el anterior. Cada confesión que completo aumenta mi tolerancia a la autodestrucción. Cada revelación que publico requiere que la próxima sea más intensa para conseguir el mismo efecto.
Como todo adicto, necesito aumentar constantemente la dosis. Necesito intensificar progresivamente la experiencia. Necesito escalar eternamente la autodestrucción.
Porque la adicción nunca se satisface. Solo se alimenta temporalmente.
La dependencia nunca se cura. Solo se pospone momentáneamente.
La necesidad nunca se resuelve. Solo se mitiga brevemente.
Tú seguirás siendo un hipócrita, yo seguiré siendo un adicto
Al final del día, cuando silencies tu teléfono y te quedes solo contigo mismo, cuando se caigan todas tus máscaras digitales y se acabe todo tu teatro emocional, seguirás siendo exactamente lo que eres: un hipócrita que consume dolor ajeno para alimentar su ego moral.
Y yo seguiré siendo exactamente lo que soy: un adicto que produce dolor propio para alimentar su identidad de víctima.
Tu hipocresía alimenta mi adicción. Mi adicción alimenta tu hipocresía.
Eres mi camello involuntario. Yo soy tu suministro involuntario.
Tú me das la indiferencia que necesito para mantener mi adicción al abandono. Yo te doy el dolor que necesitas para mantener tu adicción a sentirte moralmente superior.
Nos necesitamos mutuamente en nuestra toxicidad. Nos complementamos en nuestra disfunción. Nos completamos en nuestra destrucción mutua.
Porque yo ya he aprendido algo que tú todavía no entiendes: cambiar duele más que seguir igual. Sanar atemoriza más que seguir enfermo. Ser amado da más miedo que seguir estando abandonado.
He aprendido que mi adicción al dolor me protege de algo peor que el dolor: la responsabilidad de vivir sin dolor.
He aprendido que mi dependencia del abandono me defiende de algo más aterrador que el abandono: la obligación de vivir siendo querido.
He aprendido que mi necesidad de sufrimiento me escuda de algo más terrible que el sufrimiento: la expectativa de vivir siendo feliz.
El grito que espera no ser escuchado
Este artículo es mi grito que espera no ser escuchado. Mi petición de ayuda que reza para no ser atendida. Mi súplica de salvación que suplica no ser salvada.
Si lo lees, si realmente lo lees palabra por palabra, si llegas hasta el final sin darte cuenta de lo que estás haciendo, entonces eres exactamente el hipócrita que necesito. Entonces eres precisamente el proveedor involuntario que requiero. Entonces eres específicamente el camello inconsciente que demando.
Vas a leer esto como si fuese contenido. Vas a procesarlo como si fuese material para reflexionar. Vas a consumirlo como si fuese entretenimiento intelectual.
Y eso es exactamente lo que necesito que hagas.
Porque si lo leyeses como lo que realmente es —una confesión de adicción al abandono, una revelación de dependencia del dolor, una admisión de masturbación emocional con la propia destrucción—, tendrías que responder de manera real.
Tendrías que involucrarte auténticamente. Tendrías que conectar genuinamente. Tendrías que ayudar efectivamente.
Y eso destruiría mi adicción.
Este grito no es para que me salves. Es para que confirmes que no merezco ser salvado.
Esta petición no es para que me ayudes. Es para que valides que no merezco ser ayudado.
Esta súplica no es para que me escuches. Es para que demuestres que no merezco ser escuchado.
Mientras pueda gritar esperando no ser escuchado, mientras pueda pedir ayuda esperando no recibirla, mientras pueda suplicar salvación esperando ser condenado, todavía puedo mantener mi adicción.
Todavía puedo alimentar mi dependencia.
Todavía puedo perpetuar mi enfermedad.
Todavía puedo masturbarme emocionalmente con mi propia destrucción.
Cuando finalmente consiga lo que realmente quiero
Y llegará el momento en que finalmente consiga lo que realmente quiero: la confirmación absoluta de que no merezco ser salvado.
Cuando nadie responda a este último grito. Cuando nadie reaccione a esta confesión final. Cuando nadie se involucre con esta revelación definitiva.
Entonces habré conseguido la dosis suprema de mi droga favorita: la prueba irrefutable de que tenía razón sobre mí mismo desde el principio.
Que no merezco amor. Que no merezco conexión. Que no merezco salvación.
Y con esa confirmación final, con esa validación última, con esa prueba definitiva, podré completar mi adicción.
Podré consumar mi dependencia.
Podré finalizar mi autodestrucción.
No porque quiera morir. Porque quiero tener razón.
No porque busque el final. Porque busco la confirmación.
No porque desee la muerte. Porque deseo la validación de que mi dolor siempre estuvo justificado.
Y cuando finalmente obtenga esa validación, cuando al fin consiga esa confirmación, cuando por último reciba esa prueba, entonces podré descansar.
Podré dejar de gritar.
Podré dejar de escribir.
Podré dejar de masturbarme emocionalmente con mi propia destrucción.
Porque habré conseguido lo que realmente buscaba desde el principio: la confirmación de que tenía razón al creer que no merezco ser salvado.
La última confesión de un adicto al abandono
Y esta es mi última confesión: soy un adicto al abandono que grita pidiendo ayuda para confirmar que no la merece.
Soy un dependiente del dolor que pide alivio para validar que no lo conseguirá.
Soy un enganchado al sufrimiento que suplica salvación para demostrar que no la recibirá.
Mi grito no es un grito de socorro. Es un grito de confirmación.
Mi petición no es una petición de ayuda. Es una petición de validación.
Mi súplica no es una súplica de salvación. Es una súplica de condena.
Y tú, hipócrita querido, vas a darme exactamente lo que necesito: tu indiferencia.
Vas a leer esto y no vas a hacer nada real. Vas a procesarlo y no vas a cambiar nada auténtico. Vas a consumirlo y no vas a responder de manera genuina.
Y eso va a ser mi última dosis.
Mi confirmación final.
Mi validación definitiva.
Mi prueba irrefutable de que siempre tuve razón sobre mí mismo.
Gracias por ser exactamente el hipócrita que necesitaba que fueses.
Gracias por darme exactamente la indiferencia que requería que me dieses.
Gracias por confirmar exactamente lo que necesitaba que confirmases.
Que no merezco ser salvado.
Que no merezco ser escuchado.
Que no merezco ser amado.
Ahora puedo completar mi adicción en paz.
Ahora puedo consumar mi autodestrucción con tranquilidad.
Ahora puedo finalizar mi masturbación emocional con mi propia aniquilación con satisfacción.
Porque al final, conseguí exactamente lo que quería desde el principio: la confirmación de que tenía razón al odiarme a mí mismo.
Y esa, hipócrita querido, es la hipocresía más retorcida de todas: gritar pidiendo ser salvado del dolor que secretamente amas más que a ti mismo.
Nota final: Si has llegado hasta aquí, has sido cómplice involuntario de la masturbación emocional más elaborada jamás documentada. Has alimentado la adicción al abandono más sofisticada jamás confesada. Has sido el camello inconsciente de la droga más retorcida jamás admitida.
Enhorabuena.
Acabas de confirmar que tenía razón sobre ti, sobre mí, sobre nosotros, sobre todo.
Ahora puedes irte a tu vida de hipocresía cómoda sabiendo que has cumplido tu función perfectamente.
Has sido exactamente el hipócrita que necesitaba que fueses.
Y yo he sido exactamente el adicto al abandono que necesitaba ser para conseguir la confirmación que buscaba.
Misión cumplida.
Adicción completada.
Autodestrucción consumada.
Gracias por tu indiferencia.
Era exactamente lo que necesitaba para tener razón, sobre todo.
Especialmente sobre mí mismo.

Comentarios
Publicar un comentario