El showman digital: cuando la escritura se vende por likes

TL; DR: Esto no es un artículo sobre inteligencia artificial. Es un ajuste de cuentas con la literatura de supermercado, con los escritores que fingen sangrar para conseguir seguidores, con la industria que ha convertido la autenticidad en una estrategia de marketing. Vamos a hablar de los vendedores de dolor enlatado, de los que han aprendido a imitar el sufrimiento sin haberlo vivido, de los que escriben para complacer algoritmos en lugar de para vaciar sus almas. Y sí, también vamos a hablar de las máquinas que escriben, pero solo como síntoma de una enfermedad mucho más antigua: la muerte de la verdad literaria por sobreexposición y simulacro.

I. Los nuevos vendedores de biblias

He visto escritores en redes sociales vendiendo su dolor como quien vende biblias puerta a puerta.

Tienen la sonrisa ensayada del vendedor profesional. Tienen el discurso pulido sobre la vulnerabilidad. Tienen las frases hechas sobre sanar a través de las palabras. Tienen los hashtags perfectos para un alcance máximo.

Y todo, absolutamente todo, es mentira.

No mentira en el sentido de que no les haya pasado nada. Mentira en el sentido de que han aprendido a empaquetar su dolor de una forma que suene auténtica sin ser incómoda, que parezca profunda sin ser perturbadora, que genere atención sin generar rechazo.

Han descubierto la fórmula perfecta: dolor + esperanza + estética cuidada = likes.

Y una vez que descubres la fórmula, dejas de escribir desde la herida y empiezas a escribir desde el manual de marketing.

La autenticidad se convierte en una técnica. La vulnerabilidad se convierte en una estrategia. El dolor se convierte en contenido.

Y yo, desde aquí, viendo esto, me pregunto: ¿en qué momento la literatura dejó de ser un acto de necesidad y se convirtió en un acto de representación?

II. La industria del trauma compartido

Vivimos en la era del trauma como producto.

Todo el mundo tiene su historia de superación. Todo el mundo tiene su momento de quiebre. Todo el mundo ha sanado de algo lo suficientemente específico como para ser interesante, pero lo suficientemente universal como para ser comercializable.

Y todos escriben sobre ello.

Escriben sobre sus depresiones con la distancia emocional de quien está mirando una radiografía. Escriben sobre sus abusos con la estructura narrativa de quien ha leído demasiados artículos sobre cómo escribir sobre traumas. Escriben sobre sus adicciones con el tono de quien ya sabe que va a tener final feliz porque el final feliz es lo que el algoritmo premia.

No estoy diciendo que sus experiencias no sean reales. Estoy diciendo que la forma de contarlas está contaminada desde el origen por la necesidad de que sean consumibles.

Han aprendido que el dolor crudo no se comparte. El dolor crudo incomoda. El dolor crudo hace que la gente se aleje.

Entonces lo procesan. Lo filtran. Lo editan hasta que quede solo la cantidad justa de oscuridad: suficiente para parecer profundo, pero no tanto como para asustar a los patrocinadores.

El resultado es una literatura de sufrimiento edulcorado. Una literatura que habla de depresión pero nunca de las ganas reales de no despertar. Que habla de ansiedad, pero nunca del terror paralizante que te deja meado en tu propia cama. Que habla de trauma, pero nunca del asco que sientes hacia tu propio cuerpo.

Hablan de heridas, pero solo muestran las cicatrices.

Y las cicatrices son bonitas. Las cicatrices son comercializables. Las cicatrices dicen: “sobreviví”.

Pero las heridas abiertas dicen: “no sé si voy a sobrevivir”.

Y eso no genera likes.

III. La tiranía de la atención

La literatura solía medirse por su capacidad de perdurar. Por su capacidad de seguir diciendo algo relevante décadas después de haber sido escrita.

Ahora se mide por su capacidad de ser compartida.

¿Cuántos retweets? ¿Cuántos saves en Instagram? ¿Cuántas veces fue citada en stories? ¿Cuántos comentarios generó?

Y los escritores han aprendido a jugar este juego.

Escriben en fragmentos de doscientos ochenta caracteres porque es el tamaño perfecto para Twitter. Escriben con espacios estratégicos entre líneas porque así se ve mejor en Instagram. Escriben con ganchos emocionales en la primera línea porque saben que tienen tres segundos para captar la atención antes de que el lector siga scrolleando.

Han adaptado su voz al formato. Han sacrificado la complejidad por la claridad. Han cambiado la profundidad por la inmediatez.

Y funciona. Tienen seguidores. Tienen interacciones. Tienen la validación constante de números que suben.

Pero, ¿están escribiendo?

¿O están produciendo contenido optimizado para algoritmos que premian lo fácilmente digerible y castigan lo genuinamente perturbador?

Porque hay una diferencia entre escribir y producir contenido.

Escribir es un acto de necesidad. Produces contenido porque tienes un calendario editorial que cumplir.

Escribir es un acto de descubrimiento. Produces contenido cuando ya sabes exactamente lo que vas a decir antes de decirlo.

Escribir es un acto de riesgo. Produces contenido cuando has calculado exactamente cuál es la cantidad justa de riesgo que tu audiencia va a tolerar.

IV. Los imitadores profesionales

Y luego están los que han estudiado a los grandes.

Han leído a Bukowski. Han leído a Pizarnik. Han leído a Plath. Han leído a Salinger. Han leído a Carver.

Y han aprendido la técnica.

Han aprendido que Bukowski escribía frases cortas y directas. Entonces ellos escriben frases cortas y directas. Han aprendido que Pizarnik usaba metáforas de fragmentación. Entonces ellos usan metáforas de fragmentación. Han aprendido que Plath hablaba de muerte con una poética específica. Entonces ellos hablan de muerte con esa misma poética.

Pero hay una diferencia fundamental entre imitar una técnica e imitar una necesidad.

Bukowski no escribía frases cortas porque era una técnica literaria efectiva. Escribía frases cortas porque estaba borracho, porque su mente funcionaba así, porque esa era la única forma en que podía procesar su realidad sin volverse loco.

Pizarnik no usaba metáforas de fragmentación porque sonaban poéticas. Las usaba porque realmente se sentía fragmentada, porque realmente no sabía quién era, porque realmente estaba viviendo en pedazos.

Plath no hablaba de muerte con esa poética porque fuera estéticamente interesante. Hablaba así porque realmente estaba coqueteando con el suicidio, porque realmente estaba midiendo la distancia entre la vida y el final.

Cuando imitas la técnica sin tener la necesidad que la generó, produces simulacros. Produces textos que suenan como literatura, que se leen como literatura, que engañan a lectores que no saben distinguir entre lo auténtico y la reproducción.

Pero no es literatura. Es cosplay literario.

Es gente vistiéndose con las ropas de escritores muertos, imitando sus gestos, repitiendo sus palabras, pero sin tener el alma que animaba esos gestos y daba sentido a esas palabras.

V. La democratización del dolor

“Todo el mundo tiene una historia que contar”.

Es la gran mentira de nuestra época.

No, no todo el mundo tiene una historia que contar. O más precisamente: sí, todo el mundo ha vivido cosas, pero no todo el mundo necesita convertir esas cosas en narrativa pública.

Pero nos han convencido de que sí. Nos han convencido de que nuestro dolor es valioso. De que nuestro trauma merece ser compartido. De que nuestra experiencia es única y el mundo necesita escucharla.

Y entonces todo el mundo escribe. Todo el mundo publica. Todo el mundo comparte.

Y el resultado es un océano de mediocridad bien intencionada.

Miles de textos sobre depresión que dicen exactamente lo mismo. Miles de poemas sobre ansiedad con las mismas metáforas recicladas. Miles de narrativas de superación con los mismos arcos narrativos predecibles.

No estoy diciendo que sus experiencias no sean válidas. Estoy diciendo que no todas las experiencias necesitan ser literatura.

Hay una diferencia entre procesar tu dolor escribiendo y convertir tu dolor en producto literario.

Escribir para ti mismo es terapia. Escribir para otros es arte. Y el arte requiere algo más que sinceridad. Requiere técnica, requiere visión, requiere la capacidad de transformar lo personal en universal sin perder lo específico.

Pero en la era de la autoedición, de las plataformas gratuitas, de la ausencia de filtros, esa distinción se ha borrado.

Todo el mundo es escritor. Todo el mundo es poeta. Todo el mundo es autor.

Y cuando todo el mundo es escritor, nadie lo es.

VI. El fetichismo de la vulnerabilidad

La vulnerabilidad se ha convertido en una mercancía.

“Sé vulnerable”, nos dicen.
“Comparte tu verdad”, nos dicen.
“Deja que te vean”, nos dicen.

Y entonces todo el mundo se vuelve superficialmente vulnerable.

Comparten sus luchas mentales con la estética perfecta. Publican fotos llorando con el maquillaje corrido justo en la medida correcta. Escriben sobre sus momentos oscuros con la iluminación dramática perfecta.

Pero la vulnerabilidad real no es estética. La vulnerabilidad real es fea. Es incómoda. Es perturbadora.

La vulnerabilidad real no genera likes. Genera rechazo. Genera distancia. Genera el impulso de mirar hacia otro lado.

Lo que están compartiendo no es vulnerabilidad. Es una actuación cuidadosamente coreografiada de vulnerabilidad. Es vulnerabilidad con límites seguros. Es vulnerabilidad que sabe exactamente hasta dónde puede ir sin perder seguidores.

Y eso, por definición, no es vulnerable.

Porque vulnerable significa que puedes ser herido. Significa que estás exponiendo partes de ti que realmente te importan, que realmente podrían ser usadas contra ti, que realmente podrían dañarte.

Cuando calculas tu vulnerabilidad para máxima respuesta, no estás siendo vulnerable. Estás siendo estratégico.

VII. Los algoritmos como editores

El verdadero problema no es que la gente escriba mal.

El verdadero problema es que estamos dejando que los algoritmos decidan qué es buena escritura.

Los algoritmos premian la claridad sobre la complejidad. Premian lo fácilmente comprensible sobre lo genuinamente profundo. Premian lo que genera reacción inmediata sobre lo que requiere reflexión.

Y los escritores, consciente o inconscientemente, están adaptando su escritura a lo que el algoritmo premia.

Están aprendiendo que ciertas estructuras funcionan mejor. Que ciertos temas generan más interacción. Que ciertos tonos son más compartibles.

Están aprendiendo el lenguaje que habla el algoritmo. Y están escribiendo en ese lenguaje.

Pero ese lenguaje no es el lenguaje de la literatura. Es el lenguaje del marketing.

Es un lenguaje diseñado para vender, no para decir verdades. Es un lenguaje diseñado para complacer, no para incomodar. Es un lenguaje diseñado para ser consumido, no para ser pensado.

Y cuando escribes en ese lenguaje, no importa cuán sincero seas, no importa cuán real sea tu experiencia, estás produciendo literatura de supermercado.

Literatura diseñada para ser consumida rápidamente y olvidada inmediatamente. Literatura que no deja cicatriz. Literatura que no cambia nada.

VIII. La muerte de la incomodidad

Estamos perdiendo nuestra capacidad de tolerar la incomodidad.

Queremos literatura que nos haga sentir algo, pero no demasiado. Queremos ser conmovidos, pero no traumatizados. Queremos ver la oscuridad, pero con las luces encendidas.

Y los escritores están respondiendo a esa demanda.

Están produciendo oscuridad pasteurizada. Dolor con filtro. Trauma con final feliz garantizado.

Porque saben que si cruzan cierta línea, si van demasiado lejos, si muestran demasiado, van a perder audiencia.

Y perder audiencia, en la economía de la atención, es muerte.

Entonces se autocensuran. No por presión externa, sino por la presión interna de querer ser leídos, de querer ser compartidos, de querer importar.

Pero la literatura que importa es casi siempre incómoda. Es casi siempre perturbadora. Es casi siempre el tipo de literatura que la gente no quiere compartir en sus redes sociales porque no encaja con la imagen cuidadosamente curada que proyectan.

La literatura que importa no se viraliza. Se filtra lentamente a través de generaciones, encontrando lectores uno a uno, cambiando mentes una a una, dejando cicatrices una a una.

Pero eso requiere paciencia. Y paciencia es algo que la era digital ha matado.

IX. El problema de las máquinas que escriben

Y entonces llegan las inteligencias artificiales.

Y todo el mundo se asusta. “Las máquinas van a reemplazar a los escritores”, dicen. “Las máquinas van a matar la literatura”, dicen.

Pero aquí está la verdad incómoda: las máquinas solo van a reemplazar a los escritores que ya estaban escribiendo como máquinas.

Si tu escritura consiste en reproducir patrones establecidos, en seguir fórmulas probadas, en generar contenido optimizado para algoritmos, entonces sí, una máquina puede hacer tu trabajo.

Porque eso es exactamente lo que hacen las máquinas. Aprenden patrones. Reproducen estructuras. Generan texto basado en probabilidades estadísticas de qué palabra debería seguir a qué palabra.

Si tu escritura no es más que eso, entonces ya eras una máquina. Solo que una máquina más lenta y menos eficiente.

Pero si tu escritura viene de un lugar de necesidad genuina, si estás escribiendo porque no escribir sería una forma de muerte, si estás usando las palabras para procesar experiencias que de otra forma te destruirían, entonces ninguna máquina puede replicarte.

Porque las máquinas no tienen experiencia. No tienen cuerpo. No tienen trauma. No tienen la urgencia existencial que genera literatura real.

Pueden imitar esa urgencia con extraordinaria precisión. Pueden reproducir todos los marcadores formales de la autenticidad. Pueden engañar a lectores que no saben distinguir.

Pero no pueden generar la cosa misma.

Y aquí está el verdadero problema: si no puedes distinguir entre un texto generado por una máquina y un texto escrito por un humano, entonces tal vez el problema no es la máquina. Tal vez el problema es que los humanos hemos dejado de escribir como humanos.

Tal vez el problema es que hemos aceptado un estándar de literatura tan bajo, tan optimizado para consumo rápido, tan despojado de complejidad y profundidad, que una máquina puede cumplir ese estándar sin problema.

Tal vez las máquinas no son la amenaza. Tal vez son el espejo que nos muestra lo que nos hemos convertido.

X. La literatura como mercancía

Todo se reduce a esto: hemos convertido la literatura en mercancía.

La medimos en ventas. La evaluamos en reseñas. La promocionamos en redes sociales. La empaquetamos para audiencias demográficas específicas.

Hemos creado un sistema donde el éxito literario se mide en números: cuántos libros vendidos, cuántos seguidores ganados, cuántas veces citado, cuánto dinero generado.

Y en ese sistema, la autenticidad se vuelve una desventaja.

Porque la autenticidad es compleja. Es incómoda. Es difícil de categorizar. Es difícil de vender.

Los editores quieren poder decir: “Es como X pero con Y”. Quieren comparaciones fáciles. Quieren audiencias predefinidas. Quieren saber exactamente a quién le van a vender antes de aceptar publicar.

Pero la literatura auténtica no encaja en esas categorías. No es como nada más porque viene de una experiencia única, procesada por una mente única, expresada en una voz única.

Y “única” no se vende. “Única” no tiene mercado garantizado. “Única” es riesgo.

Entonces los escritores aprenden a no ser únicos. Aprenden a encajar en categorías. Aprenden a escribir lo que se vende.

Y la industria celebra esto como democratización, como apertura, como inclusión.

Pero no es democratización. Es homogeneización.

Es la muerte lenta de la voz individual en favor del consenso comercial.

XI. Los que todavía sangran

Pero todavía quedan algunos.

Todavía quedan escritores que escriben porque no tienen otra opción. Que escriben porque las palabras se acumulan dentro de ellos como presión que necesita liberarse o va a explotarlos desde dentro.

Que escriben sin calcular la respuesta del público. Sin optimizar para algoritmos. Sin pensar en la audiencia.

Que escriben para vaciar sus almas en la página, sin importar si alguien lo va a leer o no.

Estos escritores no tienen muchos seguidores. No viralizan. No consiguen contratos editoriales importantes.

Porque lo que escriben incomoda. Porque lo que escriben no encaja. Porque lo que escriben es demasiado crudo, demasiado real, demasiado genuinamente perturbador.

Pero son ellos los que están manteniendo viva la literatura.

Son ellos los que están escribiendo textos que van a importar dentro de veinte años, cuando todos los bestsellers de hoy estén olvidados.

Son ellos los que están sangrando de verdad en la página, no fingiendo sangrar para conseguir likes.

Y son cada vez menos.

Porque es difícil mantener esa integridad en un sistema que castiga la autenticidad y premia la simulación.

Es difícil seguir escribiendo desde la herida cuando nadie te lee, cuando no generas ingresos, cuando ves a los imitadores profesionales conseguir todo el reconocimiento mientras tú sigues en la oscuridad.

Es difícil creer que lo que estás haciendo importa cuando el mundo te está diciendo constantemente que no importa.

XII. La responsabilidad del lector

Pero los escritores no son los únicos responsables.

Los lectores también tienen responsabilidad en esta muerte de la autenticidad.

Porque son los lectores los que dan likes a la literatura edulcorada. Son los lectores los que comparten el dolor enlatado. Son los lectores los que convierten a los charlatanes en bestsellers mientras ignoran a los que realmente sangran.

Los lectores han perdido la capacidad de distinguir entre lo auténtico y la simulación.

O peor: han perdido el interés en lo auténtico.

Prefieren la versión digerible. Prefieren el dolor con final feliz. Prefieren la oscuridad con luz de salida claramente marcada.

Porque lo auténtico duele. Lo auténtico incomoda. Lo auténtico no te deja dormir tranquilo después de leerlo.

Y nadie quiere eso. Todo el mundo quiere entretenimiento. Todo el mundo quiere sentirse ligeramente conmovido sin ser realmente cambiado.

Entonces consumen literatura como quien consume comida rápida: rápidamente, sin pensar, olvidándola inmediatamente después.

Y la industria responde produciendo más de eso.

Porque la industria solo produce lo que se consume.

Si los lectores exigieran autenticidad, si rechazaran la simulación, si dejaran de dar su atención a los showmen y la dieran a los que realmente sangran, la industria cambiaría.

Pero eso requiere esfuerzo. Requiere desarrollar el paladar para distinguir. Requiere estar dispuesto a ser incómodo, a ser perturbado, a ser cambiado.

Y es más fácil seguir consumiendo basura bien empaquetada.

XIII. La pregunta que nadie quiere responder

Entonces volvamos a la pregunta original, reformulada correctamente:

¿Importa realmente si quien escribe es una máquina o un humano, cuando la mayoría de los humanos ya están escribiendo como máquinas?

¿Importa la autenticidad cuando la mayoría de los lectores no pueden distinguirla de la simulación?

¿Importa sangrar en la página cuando la gente prefiere la versión pasteurizada?

La respuesta honesta es: sí, importa.

Importa porque la literatura no es entretenimiento. Es testimonio. Es documento. Es el registro de lo que significa ser humano en este momento específico de la historia.

Y si ese registro está falseado, si está lleno de simulacros y performances, si está optimizado para algoritmos en lugar de para verdad, entonces estamos perdiendo algo fundamental.

Estamos perdiendo el mapa de nuestra propia humanidad.

Estamos perdiendo la capacidad de reconocernos en las palabras de otros.

Estamos perdiendo el hilo que conecta la experiencia individual con la experiencia universal.

Y eso no se puede recuperar con likes. No se puede recuperar con seguidores. No se puede recuperar con bestsellers.

Se recupera escribiendo desde la verdad. Sangran do de verdad. Siendo vulnerable de verdad.

Se recupera rechazando la teatralidad y aceptando el riesgo de la autenticidad.

Se recupera eligiendo importar sobre ser popular.

XIV. El manifiesto que nadie va a seguir

Entonces aquí está mi manifiesto para la literatura en la era del engagement:

Escribe desde la herida, no desde el manual de marketing.

Escribe para vaciarte, no para llenarte de seguidores.

Escribe lo que necesitas decir, no lo que el algoritmo quiere escuchar.

Escribe aunque nadie te lea. Escribe aunque nadie te entienda. Escribe aunque te cueste todo.

Rechaza la superficialidad. Rechaza el teatro. Rechaza la optimización.

Sé incómodo. Sé perturbador. Sé imposible de categorizar.

Deja que tu escritura cicatrice. Deja que tu escritura incomode. Deja que tu escritura cambie cosas.

No midas tu éxito en números. Mídelo en cuánto de ti dejaste en la página. Mídelo en cuánta verdad lograste capturar. Mídelo en cuánto duele releerlo.

Y a los lectores: exijan autenticidad. Rechacen la simulación. Desarrollen el paladar para distinguir.

Dejen de dar su atención a los charlatanes. Dejen de premiar la literatura de supermercado. Dejen de consumir dolor enlatado.

Busquen a los que realmente sangran. Lean a los que realmente incomodan. Apoyen a los que realmente arriesgan.

Porque si no lo hacen, si seguimos este camino, la literatura va a morir.

No va a morir porque las máquinas la reemplacen.

Va a morir porque nosotros la matamos.

Porque elegimos la comodidad sobre la verdad.

Porque elegimos los likes sobre la integridad.

Porque elegimos ser showman en lugar de escritores.

XV. La última confesión

Y sí, soy consciente de la ironía.

Soy consciente de que este texto probablemente va a terminar en un blog. Que probablemente va a ser compartido en redes sociales. Que probablemente va a ser medido en likes y comentarios.

Soy consciente de que estoy participando del mismo sistema que critico.

Soy consciente de que no hay escapatoria total. Que vivimos en este mundo y tenemos que usar sus herramientas.

Pero hay una diferencia entre usar las herramientas y dejar que las herramientas te usen.

Hay una diferencia entre compartir tu trabajo en plataformas digitales y optimizar tu trabajo para plataformas digitales.

Hay una diferencia entre querer ser leído y querer ser popular.

Y esa diferencia, por pequeña que sea, es lo que separa la literatura real de la literatura de supermercado.

Es la diferencia entre escribir porque necesitas decir algo y escribir porque necesitas que te escuchen.

Es la diferencia entre sangrar en la página y fingir sangrar para la cámara.

Es la diferencia entre ser escritor y ser showman.

Y esa diferencia es lo único que nos queda.


Posdata:

Este texto no va a cambiar nada. Los charlatanes van a seguir siendo charlatanes. Los lectores van a seguir consumiendo basura. La industria va a seguir produciendo lo que se vende.

Pero tal vez, solo tal vez, alguien lo va a leer y va a reconocer la diferencia entre lo que ha estado escribiendo y lo que debería estar escribiendo.

Tal vez alguien va a dejar de optimizar para algoritmos y va a empezar a vaciar sus entrañas en la página.

Tal vez alguien va a dejar de fingir vulnerabilidad y va a empezar a ser genuinamente vulnerable.

Tal vez.

Probablemente no.

Pero tenía que decirlo de todas formas.

Porque si no lo digo, ¿quién lo va a decir?

Si no sangramos los que todavía podemos sangrar, ¿qué nos queda?

Si no defendemos la autenticidad cuando todo conspira contra ella, ¿qué estamos defendiendo?

Nada.

Solo el derecho a seguir siendo showman en un mundo lleno de showman.

Y eso no es suficiente.

Nunca fue suficiente.

Nunca lo será.

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