RAE y perspectiva de género: evolución o politización

O cómo todo el mundo quiere ser dueño de un idioma que no le pertenece a nadie


Este artículo no ofrece soluciones. Describe un problema que no tiene dueño. Si buscas recetas, no sigas leyendo. Si buscas entender porqué todos hablan sin escucharse, quédate.


TL; DR: La RAE excluyó a mujeres durante 265 años. Ahora incorpora términos de izquierda ("machirulo", "autodeterminación de género") pero rechaza la "e" inclusiva. La derecha la ve rendida, la izquierda domesticada. La lengua no es de nadie: es de los 500 millones de hablantes que la usan a diario sin pedir permiso. Lleva siglos salvándose sola.

I. Lo que nadie quiere oír

Voy a decir algo que va a molestar a la derecha, a la izquierda, a la RAE y probablemente a cualquiera que haya tomado posición en este debate. Voy a decirlo al principio para que nadie se llame a engaño sobre lo que viene después.

La lengua española no le pertenece a la Real Academia Española. No le pertenece a Podemos. No le pertenece a Vox. No le pertenece a la Fundéu. No le pertenece a los columnistas que escriben sobre gramática en los periódicos de derechas ni a los activistas que escriben sobre género en los periódicos de izquierdas. No le pertenece a los lingüistas. No le pertenece a los escritores. No me pertenece a mí.

La lengua española le pertenece a los quinientos millones de personas que la hablan cada día para pedir un café, para insultar al conductor que se les ha cruzado, para decirle a su hijo que se abrigue, para discutir con su pareja sobre quién saca al perro, para cantar por lo bajo una canción que les recuerda a alguien que ya no está, para llorar a solas, para mentir en público, para confesar en privado. Esos quinientos millones de hablantes no leen informes de la RAE, no siguen el debate sobre el masculino genérico, no saben qué es la psicolingüística cognitiva y no les importa si «jueza» es mejor o peor que «la juez». Hablan. Y al hablar, hacen lengua. Y la lengua que hacen es más real, más viva y más legítima que cualquier norma que cualquier institución haya producido jamás.

Pero ese hecho, que debería ser el punto de partida de toda discusión sobre el idioma, es exactamente lo que todas las partes del debate se niegan a aceptar. Porque aceptarlo significaría quedarse sin poder. Y el poder sobre las palabras es el poder más antiguo que existe. Quien define las palabras define la realidad. Y nadie quiere soltar ese poder.

Ni la RAE. Ni los partidos. Ni los activistas. Ni los escritores.

Ni yo.

Pero al menos yo lo digo.

II. El pecado original: 265 años de silencio que nadie puede borrar

Antes de hablar de «machirulo», de «no binario», de feminizaciones de profesiones y de la agenda woke, hay que hablar de algo anterior. Algo que el debate actual entierra con una eficacia que solo se explica porque a ninguna de las dos partes le conviene desenterrarlo del todo.

La Real Academia Española se fundó en 1713. Veinticuatro hombres. Ni una sola mujer. La primera mujer que intentó entrar fue Gertrudis Gómez de Avellaneda, en 1853. No solo la rechazaron. Aprovecharon para aprobar una resolución interna que prohibía expresamente la entrada de mujeres como académicas de número. Convirtieron un «no» individual en un «nunca» institucional.

Emilia Pardo Bazán lo intentó tres veces. La autora de «Los pazos de Ulloa», una de las inteligencias más formidables de la literatura española del siglo XIX. Rechazada las tres veces. En una de ellas, el académico Juan Valera sugirió que se la invitase para que comprobase que «su trasero no cabría en un sillón». Lo dejo ahí. Un hombre con sillón en la Academia reduciendo a una escritora extraordinaria al tamaño de su cuerpo. Y la institución sin corregirle.

María Moliner fue rechazada en 1972. La mujer que construyó, prácticamente sola, un diccionario que muchos lingüistas consideran superior al de la propia RAE. En su lugar eligieron a un hombre.

Carmen Conde entró en 1978. Doscientos sesenta y cinco años después de la fundación. Y en su discurso de ingreso tuvo que decir, delante de los académicos que durante siglos habían mantenido cerrada la puerta: «Vuestra decisión pone fin a una injusta discriminación literaria».

Hoy, en 2026, de los 46 sillones de la Academia, apenas una decena están ocupados por mujeres. Menos de la cuarta parte. Trescientos trece años de historia y la institución que decide cómo se nombra el mundo no ha conseguido que la mitad de la humanidad ocupe ni un cuarto de sus asientos.

¿Por qué cuento esto? No para defender el lenguaje inclusivo. No para justificar «todes» ni la arroba ni los desdoblamientos. Lo cuento porque es la premisa que falta en el noventa por ciento de las discusiones sobre este tema. Lo cuento porque cuando la RAE dice que el masculino genérico «no invisibiliza a las mujeres», lo dice desde una institución que las invisibilizó de la manera más literal posible: negándoles la existencia institucional durante un cuarto de milenio. Y eso no es un argumento ad hominem. Es un argumento estructural. La composición de una institución determina su perspectiva. La perspectiva determina las preguntas que se hace. Y las preguntas que se hace determinan las respuestas que obtiene.

Quien ignore esto puede escribir un artículo muy bonito sobre la politización de la RAE. Pero será un artículo con un agujero del tamaño de 265 años en el centro.

III. El pecado nuevo: cuando el diccionario recoge consignas

Dicho lo cual. Dicho y asumido. Vamos al otro lado. Porque el otro lado también existe y también merece ser dicho con la misma brutalidad.

En noviembre de 2023, la RAE presentó la versión 23.7 del Diccionario de la Lengua Española. Entre las 4.381 modificaciones había cuatro términos que no pasaron inadvertidos: «machirulo», «no binario», «disforia de género» y «autodeterminación de género». Cuatro términos procedentes del mismo universo ideológico. Los cuatro popularizados por los mismos actores políticos. Los cuatro incorporados en la misma actualización.

«Machirulo». La palabra que Irene Montero lanzó al debate público desde los pasillos del Congreso en febrero de 2017, cuando llamó así a un diputado del PP que se había encarado con Pablo Iglesias. La palabra que antes de esa fecha circulaba exclusivamente en foros feministas y en redes sociales activistas. La palabra que después de esa fecha se amplificó en todos los informativos del país, no porque los hablantes la usasen en su vida cotidiana sino porque una diputada de Podemos la había pronunciado en un contexto institucional y eso era noticia.

«Autodeterminación de género». No una expresión de la calle. Un concepto jurídico-político, núcleo de la Ley Trans que Irene Montero impulsó como ministra de Igualdad. Definido en el DLE como «derecho de una persona a decidir libremente su sexo a partir de su identidad de género». La RAE incorporó al diccionario el concepto central de una ley promovida por Podemos el mismo año en que esa ley entró en vigor.

Santiago Muñoz Machado, director de la RAE, dijo en la presentación: «No sometemos a subasta ni a campañas la incorporación de palabras en el diccionario».

Hay momentos en que la ironía se escribe sola.

¿Significa esto que «machirulo» no se usa? No. Se usa. Se usa en redes sociales, en ciertos medios, en ciertos círculos. Pero muchas palabras se usan y no están en el diccionario. Y muchas otras llevan décadas usándose masivamente y la RAE las ha ignorado o estigmatizado. El criterio de «uso consolidado» no es un termómetro objetivo. Es una decisión. Y las decisiones, cuando coinciden sistemáticamente con la agenda léxica de una facción política, dejan de parecer técnicas y empiezan a parecer lo que probablemente son: concesiones.

Y aquí viene lo que la derecha no quiere oír: que esto no es nuevo. La RAE siempre ha hecho política con el diccionario. Cuando decidía que «señorita» era una forma de cortesía y no una marca de estado civil que solo se aplicaba a mujeres, estaba haciendo política. Cuando mantenía «sexo débil» como sinónimo de «mujer» sin marca de uso despectivo, estaba haciendo política. Cuando tardó décadas en eliminar definiciones que presentaban a la mujer como subordinada del marido, estaba haciendo política. La diferencia es que antes la política del diccionario era conservadora y a mucha gente le parecía bien. Ahora la política es progresista y a esa misma gente le parece mal.

La RAE no se ha politizado. La RAE siempre estuvo politizada. Lo que ha cambiado es la dirección de la politización. Y eso, a ambos lados del espectro, resulta insoportable.

IV. La feminización de profesiones: el campo de minas donde todos pierden

Hay un territorio donde las dos críticas se cruzan y generan la confusión más productiva del debate. Es la feminización de los nombres de profesiones.

«Médica». «Jueza». «Fiscala». «Árbitra». «Bedela». «Edila». «Ingeniera». «Obispa».

La RAE ha ido aceptando, actualización tras actualización, formas femeninas para profesiones que durante décadas se designaban con sustantivos comunes en cuanto al género: el juez, la juez; el médico, la médico. Formas que funcionaban. Que los hablantes producían sin fricción. Que la gramática generaba sin violencia.

Pero funcionaban en un mundo donde esas profesiones las ejercían casi exclusivamente hombres. Y el argumento de la feminización es que en un mundo donde las mujeres constituyen más de la mitad de las plazas judiciales en España, más de la mitad de las licenciaturas universitarias y más de la mitad de la población, la lengua debería reflejar esa realidad con formas propias.

El argumento tiene peso. No lo niego. Pero tiene trampas que merecen ser señaladas.

Primera trampa: la RAE acepta feminizaciones irregulares que los hablantes no han pedido. «Abogada» y «diputada» son formas naturales del sistema morfológico del español: si hay abogado, hay abogada; si hay diputado, diputada. Eso no genera fricción. Pero «fiscala», «bedela», «edila», «árbitra», «obispa»: esas formas chirrían. No porque sean incorrectas desde el punto de vista morfológico. Chirrían porque el oído del hablante, ese mecanismo intuitivo que ningún lingüista puede legislar, las rechaza. Y el oído del hablante, guste o no guste a los teóricos, es el tribunal supremo de la lengua.

La Fundéu ha llegado a recomendar «obispa» y «pilota». Lo digo sin ironía: «pilota». Que se pronuncie en voz alta. Que se imagine a un hablante nativo diciendo, sin comillas mentales, sin pausa irónica, sin sensación de estar recitando un manifiesto: «La pilota del vuelo de las catorce treinta ha comunicado que aterrizaremos en quince minutos». Si eso suena natural, yo no hablo español.

Segunda trampa: muchas profesionales rechazan la feminización. La propia Gramática de la RAE reconoce que muchas médicas prefieren ser llamadas «la médico», que muchas juristas prefieren «la juez», que la elección depende de preferencias individuales y geográficas. La Asociación de Mujeres Juezas de España tuvo que pedir formalmente que se eliminara del diccionario la acepción de «jueza» como «mujer del juez», porque la feminización que debía dignificarlas arrastraba el lastre de la época en que la única relación de una mujer con un juzgado era estar casada con quien lo presidía.

Tercera trampa: la feminización puede segregar. Si «el juez» y «la juez» designan exactamente lo mismo sin distinción ni jerarquía, crear una forma separada para la mujer es, paradójicamente, señalar la diferencia. Es decir: necesitamos una palabra distinta para ti porque tú eres distinta. Y eso, pensado con rigor, no es inclusión. Es marcación. Es la vieja lógica de «lo normal no se marca, lo diferente sí» aplicada en sentido inverso pero con la misma estructura.

No digo que la feminización sea siempre mala. Digo que es más compleja de lo que ambos bandos quieren admitir. La izquierda la presenta como un avance sin matices. La derecha la presenta como una agresión sin matices. Y ninguna de las dos posiciones resiste cinco minutos de conversación honesta con una jueza que prefiere que la llamen «la juez» o con una médica que ha adoptado «médica» sin ningún drama.

V. La contradicción que nadie quiere ver

Aquí está el nervio. Aquí está lo que los dos bandos necesitan oír y ninguno quiere.

La RAE rechaza la «e» como marca de género inclusivo. Rechaza «todes», «elles», «nosotres». Rechaza los desdoblamientos sistemáticos. Rechaza la arroba y la equis. Lo rechaza todo con argumentos lingüísticos sólidos: que el sistema morfológico del español no lo admite, que el masculino genérico es inclusivo, que la economía de la lengua lo desaconseja, que los hablantes no lo adoptan de forma espontánea.

Pero al mismo tiempo acepta «machirulo», «no binario», «disforia de género» y «autodeterminación de género». Términos del mismo universo ideológico que promueve la «e» inclusiva. Del mismo paquete discursivo. Impulsados por los mismos actores políticos.

Es decir: la RAE rechaza la sintaxis de la agenda de género pero acepta su semántica. Rechaza la forma pero incorpora el contenido. Rechaza que se diga «todes» pero define «no binario» como una identidad legítima. Rechaza que se modifique la estructura gramatical del español pero incorpora al léxico los conceptos que justifican esa modificación.

¿Qué es esto? Es una estrategia de supervivencia institucional. La RAE cede en lo simbólico para no ceder en lo estructural. Acepta las palabras nuevas para poder seguir rechazando las formas nuevas. Da un hueso al perro activista para que no le muerda la gramática.

A la derecha esto le parece una rendición: «La RAE se ha vuelto woke». A la izquierda le parece una domesticación: «La RAE recoge nuestras palabras pero les quita el filo». Y ambos tienen razón. Pero ninguno quiere ver que la RAE no es ni woke ni machista. Es una institución de trescientos años que intenta sobrevivir en un mundo polarizado haciendo lo que las instituciones de trescientos años hacen cuando el mundo se polariza: dar a cada parte lo justo para que ninguna la destruya.

No es elegante. No es coherente. Pero es lo que hay.

VI. Lo que la ciencia dice y nadie escucha

Hay un plano del debate que se ignora sistemáticamente porque incomoda a todos: el de la evidencia empírica.

Los estudios de psicolingüística cognitiva, realizados por investigadores como Gygax, Gabriel y Sarrasin, entre otros, y publicados en revistas científicas con revisión por pares, muestran de manera replicable que las formas masculinas genéricas producen un sesgo masculino en la representación mental de los hablantes. Cuando alguien lee «los médicos de este hospital son excelentes», su primer disparo cognitivo, el automático, el que ocurre antes de que la reflexión intervenga, tiende a imaginar varones. No siempre. No todos. Pero con una frecuencia estadísticamente significativa.

Esto incomoda a la derecha porque demuestra que el masculino genérico no es tan neutral como parece. Y esto incomoda a la izquierda porque los mismos estudios muestran que las alternativas propuestas (desdoblamientos, formas en «e», uso de colectivos) tienen costes cognitivos reales: ralentizan la lectura, aumentan la carga de procesamiento, y en algunos contextos generan más confusión que la que pretenden resolver.

La RAE, en sus informes de 2012 y 2020, mencionó estos estudios. Y los desestimó apelando al «sentimiento lingüístico de los hispanohablantes». Un sentimiento. Frente a datos experimentales. Frente a investigación revisada por pares. La institución que se presenta como la guardiana de la exactitud lingüística eligió el sentimiento sobre la ciencia cuando la ciencia no le daba la razón.

Eso debería indignar a todo el mundo. A la izquierda, porque la RAE ignora la evidencia de sesgo. A la derecha, porque la RAE usa criterios emocionales en lugar de científicos. Y a los lingüistas, porque la institución que debería ser el referente de rigor metodológico del idioma está apelando a impresiones subjetivas para zanjar una cuestión empírica.

Pero nadie se indigna por eso. Porque la indignación está ocupada en otras cosas. En si «machirulo» debería estar en el diccionario. En si «todes» es una aberración. En si Irene Montero tenía derecho a cambiar la lengua desde un ministerio. En las trincheras, nadie mira los datos. En las trincheras solo se mira al enemigo.

VII. La trampa del «hablante real»

Hay un fantasma que recorre este debate y que todas las partes invocan como si fuera un dios: el «hablante real». El «uso natural». La «gente de la calle».

La derecha dice: la gente real no dice «todes». La gente real no dice «machirulo». La gente real habla en castellano normal, sin filtros ideológicos, y la RAE debería recoger ese uso y no el de los activistas.

La izquierda dice: la gente real lleva décadas pidiendo que se la nombre. Las mujeres reales quieren ser visibles en la lengua. Las personas no binarias reales necesitan pronombres que las incluyan. Y la RAE debería recoger esa demanda y no esconderse detrás de la gramática.

Las dos partes dicen «gente real» y se refieren a su gente. No a toda la gente. A la suya.

Porque la gente real no es monolítica. Hay hablantes reales que dicen «machirulo» y hablantes reales que no lo han dicho en su vida. Hay mujeres reales que prefieren «la juez» y mujeres reales que prefieren «la jueza». Hay personas que se identifican como no binarias y personas que consideran esa categoría una invención ideológica. Todas son reales. Todas hablan español. Todas hacen lengua.

Apropiarse de la voz del «hablante real» para legitimar la propia posición es una trampa en la que caen todos. La derecha lo hace cuando dice que «la gente normal no habla así». La izquierda lo hace cuando dice que «la sociedad ya usa estos términos». La RAE lo hace cuando apela al «uso mayoritario» para justificar tanto la inclusión de «machirulo» como el rechazo de «todes». Todos dicen hablar en nombre de los hablantes. Ninguno les ha preguntado.

Y los hablantes, mientras tanto, siguen hablando. Sin pedir permiso. Sin leer informes. Sin consultar el diccionario antes de abrir la boca. Haciendo lo que la lengua ha hecho siempre: evolucionar a su ritmo, por sus propios cauces, obedeciendo a fuerzas que ninguna institución controla.

VIII. Lo que le pasa a la literatura cuando todo esto ocurre

Ahora voy a hablar de lo que me importa. De lo que me quita el sueño. De la razón por la que he escrito todo lo anterior.

La literatura necesita un idioma libre. Libre de la RAE. Libre de Podemos. Libre de Vox. Libre de las guías de lenguaje no sexista. Libre de los columnistas que juzgan las novelas por su adecuación ideológica en lugar de por su verdad humana. Libre de los editores que piden cambios en los manuscritos por «sensibilidad» y no por calidad. Libre de los premios que exigen lenguaje inclusivo en las bases. Libre de los lectores que confunden una elección estilística con una declaración política.

La literatura necesita poder decir «todos» sin que nadie le pregunte dónde están «todas». Necesita poder decir «el juez» para referirse a una mujer sin que nadie le acuse de sexismo. Necesita poder poner en boca de un personaje la palabra «machirulo» o la palabra «maricón» o la palabra que sea, porque los personajes no son panfletos de buena conducta sino seres humanos que hablan como hablan los seres humanos, con toda la impureza, la contradicción y la belleza del habla viva.

Y necesita, sobre todo, que el escritor pueda escribir sin miedo. No sin el miedo creativo, que es fértil. Sin el otro miedo. El miedo a que una frase sea leída como una posición política. El miedo a que el lenguaje natural sea interpretado como agresión. El miedo a que el idioma en el que uno piensa, sueña y escribe se haya convertido en un campo minado donde cada palabra puede explotar.

Yo escribo en castellano peninsular. En el castellano que se habla en España, con sus formas, sus cadencias, su oído, su tradición. Un castellano que incluye a Quevedo y a Valle-Inclán y a Cela y a Delibes y a Pardo Bazán y a Martín Gaite y a Ana María Matute. Un castellano que no necesitó que nadie le enseñase a nombrar a las mujeres porque las mujeres escribían en él antes de que la RAE las dejase entrar en sus sillones.

Pardo Bazán no necesitó que el diccionario recogiese «sororidad» para escribir sobre la solidaridad entre mujeres. Matute no necesitó que la Fundéu le recomendase «escritora» para ser escritora. Martín Gaite no necesitó desdoblamientos para crear personajes femeninos que respiraban verdad en cada línea.

La literatura no necesita un idioma corregido. Necesita un idioma vivo. Y un idioma vivo no se construye en los despachos. Se construye en la boca de la gente. En la calle. En la cama. En la mesa del bar. En el mercado. En la cola del autobús. En todos los lugares donde los hablantes reales, todos los hablantes reales, hacen lengua sin pedirle permiso a nadie.

IX. Lo que el castellano no necesita

El castellano no necesita que la RAE lo proteja del cambio. El castellano ha absorbido invasiones, conquistas, colonizaciones, migraciones, revoluciones tecnológicas y culturales, y sigue aquí. Sobrevivió al latín vulgar, al árabe, al francés ilustrado, al inglés globalizado. Sobrevivirá a «machirulo» y a «todes» y a «autodeterminación de género» y a lo que venga. Las palabras que los hablantes necesiten se quedarán. Las que no necesiten desaparecerán. Y ninguna academia, ningún partido, ningún ministerio y ningún escritor frustrado pueden acelerar ni frenar ese proceso.

El castellano no necesita que la izquierda lo libere de su patriarcado gramatical. El masculino genérico es una herencia del latín, no una conspiración del machismo. Tiene efectos cognitivos documentados, sí. Pero la solución a esos efectos no se legisla desde un ministerio ni se impone desde una guía de estilo. Se negocia en el uso cotidiano, en la práctica diaria de millones de hablantes que van ajustando sus formas a sus necesidades sin que nadie les dé instrucciones.

El castellano no necesita que la derecha lo proteja de la contaminación ideológica. Porque el castellano siempre ha tenido carga ideológica. «Señorito» es ideología. «Mano de obra» es ideología. «Patria» es ideología. «Mujer pública» significando «prostituta» mientras «hombre público» significaba «político distinguido» era ideología pura, destilada, sin filtro. El castellano nunca fue un espacio neutral. Pretender devolverlo a una pureza prepolítica que nunca existió es una nostalgia de un paraíso que no fue.

Y el castellano no necesita que yo lo salve con un artículo de cuatro mil palabras en un blog que lee un puñado de personas. Lo sé. Lo digo. Y sigo escribiendo. Porque escribir sobre la lengua es mi manera de estar dentro de ella. De habitarla. De hacer con ella lo único que se puede hacer: usarla.

X. Cierre: la única verdad que duele de verdad

La verdad que este debate no quiere oír es que todas las partes tienen razón parcial y ninguna tiene razón total. Y que la suma de todas las razones parciales no produce una razón total. Produce un ruido ensordecedor en el que la lengua sigue su camino mientras los que discuten sobre ella no la escuchan.

La RAE tiene razón cuando dice que el masculino genérico funciona gramaticalmente. Pero miente cuando dice que no tiene efectos cognitivos.

La izquierda tiene razón cuando denuncia que la composición masculina de la RAE condiciona su perspectiva. Pero se excede cuando pretende que la gramática sea un instrumento de opresión que debe ser reformado por decreto.

La derecha tiene razón cuando señala que «machirulo» y «autodeterminación de género» entraron en el diccionario por presión mediática y política. Pero se ciega cuando ignora que la RAE lleva tres siglos haciendo política con el diccionario, solo que antes la política era la que a la derecha le gustaba.

Y los escritores tenemos razón cuando pedimos un idioma libre para escribir. Pero nos engañamos si creemos que existe un castellano puro, prepolítico, anterior al conflicto, donde las palabras solo significan lo que significan y nada más. Ese castellano no existe. Nunca existió. Cada palabra lleva dentro la historia de las manos que la usaron, los contextos en que sonó, los silencios que la rodearon.

Escribir es elegir. Y elegir es, siempre, un acto político. Aunque sea el acto político de negarse a hacer política. Porque incluso eso es una posición. Incluso el silencio habla.

La lengua no necesita que nadie la salve. No necesita que la RAE la limpie, la fije y le dé esplendor. No necesita que Podemos la libere. No necesita que “El Debate” la proteja. No necesita que yo la defienda.

La lengua se salva sola. Lleva siglos haciéndolo. Lleva siglos absorbiendo los gritos de todos los que quieren poseerla, todos los que quieren dirigirla, todos los que quieren usarla como arma, y convirtiendo esos gritos en sedimento, en aluvión, en cauce nuevo que se abre paso entre las piedras que cada generación le pone delante.

Eso no significa que las decisiones de la RAE, de los partidos o de los medios sean irrelevantes. Significa que ninguna de ellas es definitiva. La lengua las absorbe, las digiere, las escupe si le sobran. Pero mientras tanto, esas decisiones duelen, excluyen, confunden, condicionan la manera en que millones de personas se nombran a sí mismas y nombran el mundo que habitan. Señalarlo no es inútil. Es recordarle a la lengua que nosotros también estamos aquí. Que también formamos parte del cauce. Y que la dirección del agua nos importa aunque no la controlemos.

Y seguirá haciéndolo. Con o sin la RAE. Con o sin los partidos. Con o sin los escritores. Con o sin este artículo.

Porque la lengua es más grande que todas nuestras peleas.

Y la única tragedia sería olvidar eso.

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